
Villa Clara estrena casa de abuelos en contenedores y dentro de una empresa
Por Jorge Sotero
Santa Clara.- En Cuba uno tiene que aprender a celebrar lo mínimo como si fuera una hazaña histórica. Ahora resulta que la inauguración de una casa de abuelos dentro de una empresa estatal en Villa Clara, montada a partir de dos contenedores adaptados, se presenta casi como una epopeya nacional. Lo venden como un acto de justicia social, cuando en realidad evidencia una carencia estructural brutal: un país donde el Estado, que presume de priorizar al ser humano, no ha sido capaz de construir condiciones dignas para su población envejecida.
La noticia intenta envolver la iniciativa en una narrativa emotiva. Hablan de trabajadores que “lo dieron todo” por su entidad y que ahora reciben una especie de recompensa moral. Pero ahí está precisamente el problema: después de décadas de entrega, sacrificio y salarios simbólicos, el premio final para muchos jubilados parece resumirse en pasar sus últimos años dentro de un contenedor acondicionado con televisor, comedor y baño. Lo cuentan como avance; leído sin maquillaje, parece una metáfora bastante precisa del deterioro nacional.
Más llamativo todavía es que el proyecto sea presentado como “la primera vez” que algo así ocurre en Cuba. En un país con una de las poblaciones más envejecidas de América Latina, resulta difícil decidir qué sorprende más: si la tardanza en implementar una iniciativa de este tipo o el entusiasmo propagandístico con el que se anuncia algo que en cualquier sistema medianamente funcional debería ser parte de una política pública básica y no una rareza empresarial.
El detalle de que los jubilados, además de recibir atención, deban transmitir experiencias a trabajadores jóvenes y apoyar el organopónico de la empresa, le añade una capa casi involuntaria de ironía. Es decir, ni retirados descansan del todo. Hasta en la tercera edad el cubano parece condenado a seguir produciendo, aportando y resolviendo. En Cuba uno no se jubila del trabajo; apenas cambia de escenario dentro de la misma precariedad.
Que haya ciudadanos celebrando la iniciativa es comprensible. Cuando el listón está tan abajo, cualquier gesto parece gigante. Pero esa satisfacción no debería impedir ver el fondo del asunto: que una nación llegue al punto de presentar dos contenedores reciclados como símbolo de bienestar para sus ancianos no habla del éxito de un modelo, sino de su agotamiento más doloroso. A estas alturas, la propaganda no alcanza para esconder que la vejez en Cuba se ha convertido, para demasiados, en una larga administración de carencias.






