
La mierda también mata: cuando la nobleza germánica se ahogó en su propio espejo
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Vamos a hablar de muertes épicas, sí. De esas que merecen una estatua, un cantar de gesta o al menos que te pongan una placa en el campo de batalla. Cargar contra el infiel, defender un muro con la espada en alto o caer en un duelo al amanecer.
Todo eso suena muy bien. Pero luego está lo que pasó en Erfurt en 1184, que no fue épico ni heroico ni siquiera digno de mención en la crónica familiar sin que se rieran las siguientes siete generaciones. Porque aquello fue, permítanme la expresión, una cagada histórica en el sentido más literal y menos metafórico posible. Y no es broma. Siéntense, que lo cuento.
Resulta que el futuro emperador Enrique VI, hijo del gran Federico Barbarroja, convoca una Dieta en el monasterio de San Pedro de Erfurt. ¿El motivo? Mediar en las broncas territoriales entre el arzobispo Conrado de Maguncia y el landgrave Luis de Turingia.
Lo mejor de cada casa: condes, barones y caballeros con más títulos que escrúpulos, todos bien alimentados, con sus mejores galas, sus capas de piel, sus espadas y sus séquitos. Y se juntaron en la planta superior del monasterio. Aquello estaba hasta la bandera. Hasta que el suelo, más acostumbrado a las sandalias de monjes silenciosos que al taconeo de la aristocracia germánica, dijo: «Hasta aquí hemos llegado».
Ahogados en … mierda
Y entonces ocurrió. La madera crujió, las vigas, probablemente podridas desde hacía décadas, dijeron basta, y el suelo colapsó. En un efecto dominó digno de una comedia grotesca, los ilustres culos de la nobleza del Sacro Imperio cayeron al vacío. Pero ojo, que lo malo no fue la caída desde el segundo piso. Lo malo fue el lugar de aterrizaje. Justo debajo de la sala de reuniones estaba el pozo ciego del monasterio. El depósito de la mierda. La letrina acumulada de años de rezos, cánticos y digestiones monacales. En resumen: cayeron de cabeza en una sopa de purín y excrementos medievales.
El resultado fue terrible. Unos sesenta nobles y caballeros murieron en el acto. Algunos por el impacto de las vigas, pero la mayoría se ahogaron. Ahogados en mierda, señores. Perdón por la crudeza, pero es que no hay otra forma de decirlo. Morir por la espada es de héroes; morir con los pies para arriba en un pozo ciego es, como poco, una cura de humildad para cualquier linaje. Las crónicas de la época, con una contención que les honra, lo llamaron «Erfurter Latrinensturz». El hundimiento de la letrina de Erfurt. Casi suena bonito.
¿Y Enrique VI? Pues se salvó de chiripa. En el momento del colapso, consiguió agarrarse a la mampostería y se quedó colgado, mirando con ojos como platos cómo toda la élite de su reino chapoteaba en la inmundicia hasta exhalar su último suspiro. Tuvieron que sacarlo con escaleras de mano mientras el hedor subía desde el abismo. Seguro que nunca olvidó aquel olor. Y ustedes, tampoco. Porque si algo nos enseña Erfurt es que el destino, a veces, tiene un sentido del humor muy particular. Y muy fediondo.
