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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- Hubo un martes, no hace mucho, apenas unas horas, en el que el Senado de Estados Unidos votó 51 a 47. Y esa noche, sin aspavientos, sin bombas, sin discursos grandilocuentes, algo cambió para siempre en la cabeza de quienes aún sueñan con una Cuba libre. No, no aprobaron una intervención militar. Eso habría sido el titular fácil, el que vende periódicos y asusta a los ingenuos. Pero lo que realmente ocurrió fue más sutil, más frío, más determinante: tampoco la prohibieron.

Y en esa delgada línea entre el sí y el no, entre el permiso y el veto, el presidente Donald Trump recibió un regalo inesperado: las manos libres. Para actuar. Para decidir. Para, llegado el caso, mover ficha sin que el Congreso le atasque los dedos. Y eso, para un régimen que ha vivido sesenta años de impunidad geopolítica, es peor que una amenaza: es una incógnita.

Porque hay que ser fríos, calculadores, y entender cómo funciona esto. Estados Unidos no es un país de voluntarismos. Es una máquina perfecta de intereses, estrategias y tecnología militar que el resto del planeta solo puede admirar desde la distancia. Drones, inteligencia avanzada, operaciones quirúrgicas, neutralización de objetivos sin arrasar ciudades.

Ya no se trata de bombardear pueblos hasta convertirlos en ceniza, como en Vietnam o en Irak. Se trata de cortar la cabeza del pez sin destrozar el acuario. Y eso, queridos amigos del castrismo que me leen desde sus oficinas con aire acondicionado, es mucho más aterrador que un desembarco en Playa Girón. Porque ustedes ya no tienen a la Unión Soviética. Porque ustedes ya no tienen el miedo como moneda de cambio. Porque ustedes, simplemente, han dejado de ser útiles para el tablero global.

Algo cambió desde Maduro… y ahora

Y aquí es donde entramos nosotros, los que vivimos en esta isla de colas interminables, de niños con hambre, de ancianos que mueren sin medicinas, de jóvenes que se juegan la vida en una balsa o en un cayuco. La pobreza infinita, esa que los voceros del régimen llaman «resistencia heroica», no es más que el resultado de la torpeza, la testarudez y la soberbia de una familia que lleva demasiado tiempo confundiendo el poder con un patrimonio heredado.

Cada vez que tuvieron una oportunidad de negociar una transición pacífica, la despreciaron. Cada vez que les tendieron una mano, respondieron con un puño. Y ahora, mientras millones de cubanos en la isla y en el exilio contienen la respiración, ellos siguen enrocados en sus consignas, como si el mundo no hubiera cambiado. Pero el mundo cambió. Y la prueba se llama Nicolás Maduro.

Miren bien lo que pasó en Venezuela. Maduro tuvo advertencias, tuvo tiempo, tuvo puertas abiertas para negociar una salida. No las quiso ver. Y hoy está detenido en una cárcel federal en Nueva York, enfrentando la justicia internacional. Ese precedente no es una anécdota, es un tsunami geopolítico. Porque lo que le pasó a Maduro puede pasarle a cualquiera.

Los generales del MININT, los burócratas del Partido, los directores de empresas fantasmas que se llenan los bolsillos mientras el pueblo come arroz con sal, saben que su impunidad tiene fecha de caducidad. La pregunta no es si llegará, sino cuándo. Y esa incertidumbre, ese vértigo de saberse observados por satélites y por leyes que antes no se aplicaban, es lo que hace que esta semana sea distinta a todas las anteriores.

Los regímenes parecen eternos hasta que caen

No se trata de guerra. Que quede claro. No se trata de bombardeos ni de invasiones. Los cubanos no queremos eso. Hemos sufrido suficiente violencia como para desear más. Se trata de inteligencia, de presión, de aislamiento quirúrgico sobre las estructuras de poder. Se trata de que los que oprimen sepan que ya no hay adónde correr.

Y ese mensaje, frío, calculador, sin estridencias, es el que ha calado en la isla. Por eso muchos cubanos, incluso los que nunca han alzado la voz, sienten ahora algo que no sentían desde hacía décadas: expectativa. No miedo. No resignación. Expectativa.

Porque la historia nos ha enseñado algo que los castristas nunca quisieron aprender: los regímenes parecen eternos hasta que dejan de serlo. Y cuando ese momento llega, llega rápido. Puede ser en una semana, en un año, en una década. Pero llega.

Mientras tanto, nosotros, los que soñamos con una Cuba libre, seguimos aquí. En silencio a veces, en voz alta otras, pero siempre con los ojos puestos en ese horizonte donde la esperanza, aunque tarde, siempre termina encontrando su camino. El martes fue un paso. No el último, ni el más importante. Pero fue un paso. Y en una isla en la cual donde durante sesenta y siete años no se podía dar ni uno sin pedir permiso, eso, amigos míos, ya es mucho.

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