El veneno del irrespeto que nos impide ser nación

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Fue Máximo Gómez quien, con certera intuición, sentenció: “el cubano no llega o se pasa”. Hay en esa frase una verdad incómoda que el tiempo no ha desmentido.

Mi experiencia me lo confirma a diario. Soy, por naturaleza, un observador; y los años —que no pasan en vano— afinan un olfato político que permite anticipar conductas, reacciones y deformaciones que habitan en nuestra psiquis colectiva.

Amo a Cuba sin reservas. Y desde ese amor escribo: señalando lo que considero justo, denunciando las lacras del comunismo, pero jamás tendiendo trampas ni negando a nadie su derecho a pensar y actuar según su conciencia. El respeto al ser humano no es una consigna para mí; es una disciplina que me impongo con rigor.

Publico con frecuencia porque sobran razones. No espero aplausos constantes. Hay temas duros, posiciones incómodas, y no soy hombre de callar por temor al ruido de la condena. Lo que estudio, lo que analizo, lo que concluyo, lo digo. Y lo asumo.

Lo que sí duele —y profundamente— es el irrespeto. Ese impulso primario de quien, incapaz de sostener una idea, recurre al insulto. Esa incapacidad de convivir con la diferencia. ¿Dónde queda entonces la democracia que decimos querer?

Porque democracia no es unanimidad, ni silencio impuesto. Democracia es discrepancia con respeto.

Las ideas se combaten con argumentos

En demasiadas ocasiones, el cubano agrede la palabra como si esta fuera un arma. No comprende que las ideas no se combaten con gritos, sino con argumentos. Y la historia —implacable— registra cada postura, cada frase, cada giro oportunista. Quien ayer exaltó y hoy condena, tendrá que explicar sus razones. Y la duda, legítima, surgirá.

Todos cabemos en esta lucha. Todos. Pero no todos pensamos igual, y ahí reside precisamente su riqueza. Pretender lo contrario es caer en la misma lógica que decimos combatir. La ingenuidad, esa vieja compañera, sigue haciéndonos daño.

El insulto, la descalificación vulgar, la agresión gratuita, no elevan a nadie. Al contrario: delatan la pobreza interior de quien las practica. Es doloroso ver a compatriotas degradar el debate atacando la edad, la persona, o lo que no alcanzan a comprender. Esa no es la Cuba que debemos construir.

Sí, hay responsabilidad en un sistema que deformó la educación y sustituyó el pensamiento por la obediencia. Pero precisamente por eso, la nueva Cuba tendrá que levantarse sobre un principio innegociable: educación y respeto.

A quienes me han ofendido, les digo sin rencor pero con firmeza: no han atacado a un hombre. Han agredido un fragmento de la Cuba futura. Esa Cuba donde convivirán miles de voces, donde aprenderemos —por fin— a disentir sin destruirnos.

Porque si es patria lo que queremos, si es nación lo que aspiramos a reconstruir, habrá que empezar por lo esencial: aprender a respetarnos.

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