El puñetazo argentino: la furia que viene de lejos

Comparte esta noticia

Por Yoyo Malagón ()

Madrid.- Esteban Andrada, portero argentino del Real Zaragoza, protagonizó este domingo una agresión brutal contra Jorge Pulido, capitán de la S.D. Huesca. El meta, que ya tenía una amarilla, acudió a protestar una acción y terminó empujando a Pulido. Dámaso Arcediano le mostró la segunda tarjeta, lo expulsó y Andrada perdió los estribos: le propinó un puñetazo en la cara a Pulido, originándole un hematoma en el pómulo izquierdo. El árbitro lo recogió en el acta, y eso puede costarle caro.

El artículo 103 del Código Disciplinario de la RFEF estipula sanciones de cuatro a doce partidos por agredir sin causar lesión. Pero si hay lesión, como en este caso, la pena asciende de seis a quince encuentros. El matiz está en el acta: el colegiado dejó constancia del puñetazo con fuerza excesiva y el hematoma. Eso convierte una expulsión grave en un caso que puede rozar la decena de partidos o más, aunque Andrada no tenga antecedentes similares.

El argentino ya salió al quite con «arrepentimiento espontáneo», eso que el artículo 10 del código premia con rebajas de sanción. «Estoy muy arrepentido. No es una buena imagen. Fue una situación límite. Le pido perdón a Jorge», declaró. Las palabras bonitas y el no tener ficha de violento recurrente podrían dejar la pena en unos diez partidos. Esta mañana no entrenó con los titulares, sino con los suplentes. La señal es clara.

¿Tradición?

Pero lo que más llama la atención es el origen del asunto. Y no me refiero al origen geográfico de Andrada, que es argentino. Me refiero a una tradición que viene de muy atrás. El fútbol argentino siempre ha tenido ese punto de sangre caliente, de pierna fuerte, de idioma violento. No es un prejuicio, es un hecho: desde tiempos remotos, los jugadores argentinos se caracterizan por una agresividad en la cancha que muchas veces cruza todas las líneas. No todos, claro, pero sí tantos que ya es un patrón.

Pongamos ejemplos. Diego Pablo Simeone, hoy exitoso entrenador, fue en su época de jugador un profesional de la patada y la provocación. Su patada, con herida incluida a Julen Guerrero, por ejemplo, es antología del «jugador duro» argentino que siempre va al límite. Luego vino el «Mono» Burgos, aquel portero del Mallorca que le soltó un puñetazo brutal a Óscar Serrano y se ganó 11 partidos de sanción, uno de los castigos más duros de la historia de la Liga.

Así que lo de Andrada no es una excepción. Es un eslabón más de una cadena que viene del Río de la Plata, donde el fútbol se juega al límite del reglamento y muchas veces más allá. El puñetazo a Pulido, con el juego parado y la expulsión ya consumada, es una locura individual, pero también un síntoma cultural. Mientras la RFEF decide la sanción entre 6 y 15 partidos, los aficionados recuerdan que la furia argentina en el fútbol español tiene nombre y apellidos: Simeone, Burgos… y ahora Andrada. El drama no es solo un portero loco, sino una tradición que nadie se atreve a nombrar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy