
Estados Unidos y Cuba: Entre la verdad histórica y la manipulación ideológica
Por Jorge L. León (Historiador e investigador)
Houston.- ¿De dónde nace ese antiimperialismo visceral, ese rechazo automático hacia Estados Unidos, convertido en dogma durante décadas? No surge de un análisis serio de la historia, sino de una construcción ideológica que ha deformado hechos esenciales para sostener un relato político.
Conviene, por tanto, volver a la verdad.
En la etapa final de la guerra de independencia, la intervención derivada de la Guerra Hispano-Estadounidense precipitó la derrota del dominio colonial español. El sacrificio cubano fue inmenso y determinante, pero también lo es el hecho de que la entrada de Estados Unidos aceleró el desenlace, evitando una prolongación del conflicto con un costo humano aún mayor.
Ese es un dato histórico.
Tras la guerra, Cuba entra en un proceso de reorganización institucional donde se produjeron avances concretos en salud pública, infraestructura y administración. Aquí resulta imprescindible mencionar a Carlos J. Finlay, quien descubrió el papel del mosquito en la transmisión de la fiebre amarilla. Su hallazgo, aplicado posteriormente por la comisión encabezada por Walter Reed, permitió erradicar la enfermedad en La Habana, abriendo paso a la modernización urbana y al crecimiento económico.
Hubo cooperación. Ese hecho es innegable
Pero es en el terreno económico donde los datos hablan con mayor fuerza.
Durante la primera mitad del siglo XX, Cuba desarrolló una economía abierta y dinámica, estrechamente vinculada a Estados Unidos. Hacia la década de 1950, más del 65% al 70% del comercio exterior cubano se realizaba con ese país, lo que garantizaba un mercado estable para sus exportaciones, especialmente el azúcar.
El ingreso nacional reflejaba esa estabilidad. En 1958, el PIB per cápita de Cuba se encontraba entre los más altos de América Latina, estimado en alrededor de 350 a 400 dólares anuales de la época, comparable o superior al de países como España y muy por encima del promedio regional. Este indicador representa un promedio general de toda la población y no debe confundirse con los ingresos reales de los trabajadores activos.
En materia salarial, los trabajadores cubanos urbanos se encontraban entre los mejor remunerados de América Latina. Un obrero industrial podía ganar entre 4 y 6 dólares diarios, lo que se traduce en un ingreso anual aproximado entre 1,200 y 1,800 dólares, dependiendo de la estabilidad laboral y el sector. En el ámbito agrícola, aunque el trabajo era estacional, los salarios durante la zafra también resultaban competitivos dentro del contexto regional.
En comparación, en varios países latinoamericanos de la época, los ingresos anuales de trabajadores industriales solían situarse sensiblemente por debajo de estos niveles, lo que refuerza la posición relativa de Cuba dentro del área.
Las comparaciones
El nivel de consumo también lo evidenciaba: Cuba ocupaba posiciones destacadas en indicadores como teléfonos, automóviles y electrodomésticos por habitante. La isla tenía una de las tasas más altas de electrificación en América Latina, con más del 60% de los hogares con acceso a electricidad hacia finales de los años 50.
La moneda cubana, introducida formalmente en 1915, mantenía una notable estabilidad. Durante décadas, el peso cubano sostuvo una paridad prácticamente equivalente al dólar estadounidense, reflejo de confianza económica y disciplina monetaria.
Nada de esto es propaganda: son registros históricos.
¿Existían problemas? Sí. Había desigualdad, corrupción política y sectores marginados, especialmente en zonas rurales. Pero también existía crecimiento económico, inversión, propiedad privada y movilidad social.
La destrucción del equilibrio
Ese equilibrio imperfecto fue destruido.
La narrativa posterior a 1959 redujo toda esta realidad a una caricatura de dependencia y sometimiento. Sin embargo, los datos demuestran otra cosa: Una nación que, con defectos, avanzaba.
El verdadero quiebre no fue la relación con Estados Unidos, sino la implantación de un modelo económico centralizado que eliminó los incentivos productivos, destruyó el mercado y subordinó toda la economía a decisiones políticas.
Hoy, frente al colapso evidente, resulta imprescindible revisar la historia sin consignas.
Porque la historia no puede seguir siendo rehén de la ideología.
Y estos datos —concretos, medibles, verificables— son el punto de partida para rescatar la verdad. ¡Esta claro!






