El hombre que le ganó al invierno

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Jan Baalsrud tenía 26 años cuando lo mandaron a hacer líos en Noruega. No era un héroe de película, era un chaval con dinamita en las manos y una rabia helada en el pecho. Pero alguien habló. Siempre hay un hijo de puta que habla. Su barco hecho mierda fue pasto de las balas alemanas, sus compañeros cayeron como moscas y el pelotón de fusilamiento les cerró los ojos para siempre. A Jan le tocó el mar. Se tiró al agua congelada con una bala atravesándole el pie. Y eso, amigos míos, fue lo más fácil de todo.

Luego vino lo heavy. Solo, con un pie que parecía carne molida, se arrastró por montañas que escupían ventisca. En el Ártico el invierno no perdona: te come los huesos y te escupe los dientes. Jan dormía enterrado en la nieve como un muerto que no quería morirse. Las avalanchas lo tragaron y él salió tosiendo hielo. Días enteros sin un mendrugo. El frío le fue royendo los dedos de los pies hasta convertirlos en muñones negros. La gangrena le subía por las piernas como una maldición. Y entonces, sin anestesia, sin lloros, sin gritos que valgan: se cortó los dedos él solo. Para seguir. Para no parar.

Cuando la voluntad es no rendirse

Mientras tanto, los perros de los nazis olfateaban su rastro. Pero Noruega no es solo fiordos bonitos, Noruega es gente de puta madre que se jugó el pellejo. Campesinos anónimos, pescadores de miseria, tipos con trineos y cojones de acero lo escondieron en graneros, en cuevas, en el culo del mundo. Lo alimentaron con migajas mientras las patrullas alemanas pasaban a dos metros. Lo movieron de refugio en refugio como un paquete de vida o muerte. Durante meses. Cada noche podía ser la última.

Al final, después de una travesía que partiría en dos al más pintado, Jan Baalsrud cruzó a Suecia. Vivo. Cojo. Hecho una ruina y con la mirada de quien ha visto al diablo cara a cara. Muchos dicen que esta es una de las historias más cabronas de la Segunda Guerra Mundial. Y tienen razón. Pero no sobrevivió por músculo, ni por plan, ni por suerte de la buena. Sobrevivió porque cuando todo le decía que se echara a morir, él respondió: «Ni de coña».

Y esa, señores, es la única lección que vale. No se rinde quien puede, se rinde quien quiere. Jan Baalsrud no quiso. Y el invierno, los nazis y la muerte tuvieron que tragar con su orgullo.

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