
El Cangrejo, la Casa Blanca y la última coartada de los Castro
Por Max Astudillo ()
La Habana.- Que Donald Trump y Marco Rubio quieren dinamitar el régimen castrista no es ninguna primicia. Llevan meses agitando la bandera de la libertad en los mítines de Florida y endureciendo cada frase contra La Habana.
Y que en la capital cubana las diarreas son oficiales: lo saben hasta los chinos. Pero lo interesante no es el qué, sino el cómo. Porque en la guerra y en el amor se vale todo, pero en la política hay líneas que ni el más pragmático debería cruzar sin guantes.
El problema de fondo es que Trump es impredecible cuando se sienta a negociar. Puede pasar del abrazo al puñetazo en el mismo párrafo de un tuit. Pero eso, los cubinos lo saben. Lo que no termina de entrar en la cabeza —y menos en el orgullo de una isla entera— es que Washington haya aceptado sentarse frente a quien se ha sentado.
Porque en Cuba el poder no lo ostenta el presidente, ni el primer ministro, ni la Asamblea Nacional. El poder lo tiene la familia, encabezada por un viejo conocido: Raúl Castro, 94 años, casi difunto pero todavía con el ceño fruncido; su hijo Alejandro, aquel que una vez negoció con la CIA para llevar a Obama a la isla; y su nieto, al que todos llaman El Cangrejo.
¿Por qué El Cangrejo?
Ese es el personaje. El anciano general de cuatro estrellas —ya con una pata en el féretro y la otra en una silla giratoria— designó a su propio nieto para negociar en nombre de Cuba. Que es como decir en nombre de ellos. O al revés. Y el muchacho, lejos de tener perfil bajo, se ha paseado por las reuniones con un tufo a prepotencia mal disimulada, como en aquella malllamada rueda de prensa del títere Miguel Díaz-Canel, tan ostentosa que en la Cuba real suena a burla. «Creyentón», le dicen en el habla popular. Y no es piropo.
Al final, Trump y Rubio lograrán lo que parecía imposible: que el comunismo en Cuba se desmorone. Pero lo que los cubanos —de un lado y otro del estrecho de la Florida— no le van a perdonar nunca a la administración republicana es que hayan aceptado como interlocutor a ese tipo. Porque nadie con esas condiciones —pretencioso, alardoso, incoherente, prepotente y encima creyentón— puede negociar un cambio de régimen. Nadie. Aunque Washington lo hace porque sabe que el poder, así duela, está ahí. En esa familia. En ese apellido, mientras la isla se desangra.
Y esa es la tragedia, y también la coartada. Porque los Castro, para su última función, han logrado algo genial: que el imperio les reconozca el monopolio del diálogo. Y los cubanos, que llevan sesenta años esperando que alguien les devuelva la dignidad, tendrán que tragarse que su liberación la negocie un nieto engreído. Así termina el socialismo en el Caribe: no con un abrazo de pueblo, sino con un maletín cargado de egos. Y el Cangrejo, feliz, apretando las pinzas.
Eso sí, si Trump y Rubio logran sacarlos de La Habana, este que escribe estas líneas se los perdona todo. Y todo es todo.






