Conversaciones en la penumbra: cuando el poder no da la cara

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Por Carlos Alberto Sosa ()

Miami.- Hay noticias que no necesitan demasiadas explicaciones para doler. Bastan los nombres, el contexto y ese silencio espeso que las rodea. Que una delegación del Departamento de Estado de los Estados Unidos sostenga conversaciones con Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl Castro, no es un simple detalle diplomático: es un retrato crudo, casi obsceno, de cómo se entiende y se ejerce el poder en Cuba.

Porque aquí no hay que disfrazar nada. No estamos hablando de un ministro, ni de un funcionario electo, ni siquiera de un cuadro intermedio del Estado. Estamos hablando de un apellido. De una herencia. De una sangre que, al parecer, abre puertas, levanta teléfonos y convoca reuniones de alto nivel sin necesidad de pasar por el filtro de ninguna legitimidad pública. Y eso, más que sorprender, confirma algo que muchos intuyen desde hace años: en Cuba el poder no siempre se ostenta, se hereda.

Estas conversaciones, por sí solas, son un mensaje brutal. Dicen, sin decirlo, que los canales oficiales son insuficientes o irrelevantes. Que las verdaderas decisiones no siempre pasan por los rostros visibles del gobierno, sino por una red más íntima, más cerrada, más difícil de nombrar. Una red donde el apellido pesa más que cualquier cargo, y donde la cercanía familiar sustituye a la responsabilidad institucional.

Una exclusión total

También dejan al descubierto una incomodidad: la de quienes, desde fuera, necesitan entender en la realidad cubana y terminan tocando puertas que no aparecen en ningún organigrama. En ese gesto hay pragmatismo, sí, pero también una especie de reconocimiento tácito de que el poder real está en otra parte. No en los discursos, no en las oficinas oficiales, sino en los márgenes donde se cruzan intereses, lealtades y silencios.

Pero lo más hiriente no es la estrategia de quien busca interlocutores. Lo más hiriente es lo que esto revela hacia dentro. Que un país entero pueda ser representado, aunque sea de manera informal, por alguien que no ha sido «elegido» ni designado públicamente. Que las decisiones puedan circular por canales familiares, privados, casi domésticos. Eso no es solo opacidad; es una forma de exclusión que deja a la ciudadanía fuera de cualquier ecuación real de poder.

En el fondo, estas conversaciones funcionan como una confesión sin palabras. Confirman que hay una Cuba visible y otra subterránea. Una que habla «en nombre del pueblo», y otra que decide en nombre propio. Y cuando ambas no coinciden, cuando los interlocutores no son los que deberían ser, lo que queda no es solo desconfianza: es la certeza de que algo esencial está torcido.

Porque al final, más allá de la geopolítica y de los intereses cruzados, lo que queda es una pregunta incómoda y persistente: ¿quién manda realmente? Y cuando esa respuesta no se puede decir en voz alta, cuando se esconde detrás de apellidos y reuniones discretas, lo que se revela no es fortaleza, sino fragilidad. Una fragilidad sostenida por el silencio, por la costumbre… y por el miedo a nombrar las cosas como son.

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