
La puta griega que inventó el GPS
Por Rafa Junco ()
Madrid.- El arqueólogo se toma un sorbo de agua, mira al techo y suelta la frase con media sonrisa. «Esto, niños, es una sandalia que decía ‘sígueme'». Los escolares se ríen. Las maestras se retuercen. Pero el cuero viejo y las letras griegas no mienten. La suela grabada con ΑΚΟΛΟΥΘΕΙ —Akolouthei, o sea, «sígueme»— no era un capricho de la moda helénica. Era un letrero luminoso, pero en el polvo. Publicidad caminera, así nomás, sin factura ni permiso municipal.
Y ojo, porque esto no fue una ocurrencia de una loca de barrio. Detrás del invento estaba nada menos que Solón, el gran legislador, ese que nos vendieron en la escuela como el sabio de la justicia. Pues el sabio este legalizó los burdeles públicos, los deikterion, con un argumento que hoy haría llorar a cualquier progresista: la ciudad estaba llena de jóvenes alterados por la naturaleza, y si no se les daba cauce, iban a hacer tonterías peores. Así que Solón, además de estadista, se convirtió en el primer proxeneta de Estado.
Pero no todo era el mismo barro. Ahí había dos categorías, como en el fútbol: las hetairai, que eran las de la tribuna VIP, mujeres cultas que discutían de filosofía mientras el cliente pedía otra copa de vino. Y las pornai, las de la cancha de tierra, las que trabajaban por un óbolo, la sexta parte del jornal de un obrero. La palabra no tiene pérdida: pornai, pornografía. El negocio del sexo barato ya tenía nombre desde hace veinticinco siglos.
El primer GPS
El problema de las pornai callejeras era la visibilidad. El maquillaje les ayudaba, pero con consecuencias dignas de una película de terror: se ponían albayalde, que es plomo puro, y jugo de mora en las mejillas. En verano el sudor se mezclaba con la mora y les chorreaban hilos negros por el cuello. Un espectáculo. Pero la sandalia del «sígueme» era más fina: el cliente veía las letras en el suelo y seguía el rastro como un perro cazador. El primer GPS de la historia. Dos mil años antes de que los satélites existieran.
El objeto cabe en la palma de una mano. Pero lo que cuenta no es el tamaño. Esa sandalia es toda una civilización: pragmática, desigual, sin hipocresías ni mojigaterías. Los griegos no se andaban con cuentos. Si había que poner un cartel en el suelo, se ponía. Y punto. Después llegaron otros tiempos, otras vergüenzas, otras mentiras. Pero el cuero viejo sigue allí, en el museo, esperando que alguien lea su letrero y sonría.






