La Siracusia: el palacio flotante que le ganó al mar por goleada

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Hubo un rey en la antigua Siracusa llamado Hierón II que no sabía hacer las cosas a medias. El tío mandó construir un barco tan bestia, tan descomunal, que ni siquiera los puertos de Sicilia podían con él. Se llamaba Siracusia, y aunque los historiadores todavía discuten las medidas exactas, todos se ponen de acuerdo en una cosa: era una mole. Una mole con pretensiones. Porque no querían hacer un barco, no. Querían levantar un palacio sobre el mar, y vaya si lo consiguieron.

Pero lo gordo no era solo el tamaño, que ya era para echarse a temblar. Lo gordo era lo que llevaba dentro. La Siracusia tenía camarotes para gente fina, biblioteca para los empollones de turno, gimnasio, baños, jardines en cubierta y hasta un templo dedicado a la diosa Afrodita. Y los suelos, ojo al dato, estaban adornados con mosaicos de la Ilíada. Porque la nave no solo quería navegar: quería dar lecciones de cultura, fardar de riqueza y dejar claro quién mandaba en el Mediterráneo.

Y aquí viene lo mejor. No era un capricho de rey loco, sino una auténtica maravilla de la ingeniería. Llevaba establos para animales, depósitos de agua, artillería pesada, torres defensivas y un sistema para achicar el agua del casco que se le atribuye nada menos que a Arquímedes, el genio de la palanca y la corona. O sea: un barco que servía para comerciar, para guerrear y para impresionar a los vecinos todo al mismo tiempo. Como si hubieran metido un centro comercial, un cuartel y un palacio presidencial en el mismo cascote.

El afán por la grandeza

Total, que botaron la nave y el invento fue tan espectacular que ni siquiera se quedó en Siracusa. Terminó enviado a Egipto como regalo para Ptolomeo, porque Hierón II debió pensar que semejante bestia ya no cabía solo en una ciudad, sino que tenía que pasearse por todo el mundo antiguo.

Y eso es lo que hace especial a esta historia: que hace más de dos mil años ya había tíos dispuestos a construir algo tan descomunal, tan innecesario y tan brillante que parecía cosa de otro planeta.

La Siracusia no fue el Titanic de la Antigüedad porque se hundiera en su viaje de estreno, que no fue el caso. Fue su equivalente porque, igual que el Titanic, convirtió un barco en una declaración de poder, lujo y asombro. La diferencia es que el Titanic se encontró con un iceberg y la Siracusia se encontró con la historia. Y ahí sigue, en las crónicas, como el día que un rey siciliano le ganó al mar por goleada. Toma ya.

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