El día que se acabó el aceite hirviendo

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Por Rafa Jundo ()

Madrid.- Pónganse en situación, que la cosa tiene su miga. Corría el siglo XVI. Si te daban un sablazo en una guerra, la medicina te curaba… pero a su manera. ¿La receta? Aceite hirviendo. Así como lo oyen. Aceite al rojo vivo, echado sobre la carne abierta, para que la herida se sellara entre humo, dolor y un griterío que se oía hasta en la casa del vecino.

Eso era lo normal. Eso era lo aceptado. Eso era, según los sabios de toga y birrete, lo correcto.

Hasta que apareció un tipo llamado Ambroise Paré.

Y ojo, que Paré no salió de ninguna universidad con ínfulas. Este hombre aprendió en los hospitales de campaña, viendo sangre de verdad, no leyendo libros en latín mientras se calentaban los pies junto a la chimenea.

Llegó a Turín, en plena campaña militar, y empezó a hacer lo que mandaba el manual: aceite hirviendo, un poco más allá, otro poco… hasta que se quedó sin aceite. Seco. Vacío. Ni una gota para seguir friendo heridas como si fueran churros.

¿Qué hizo? Improvisar, como el que se hace un arroz con lo que hay en la nevera.

Mezcló yema de huevo, aceite de rosas y trementina. Nada del otro mundo. Una pócima de esas que nacen de la necesidad, no de la gloria.

A la mañana siguiente, Paré se quedó de una pieza.

Los soldados tratados con su mejunje estaban mejor. Dormían más tranquilos, se quejaban menos, tenían la carne menos inflamada que los pobres diablos a los que le habían echado el aceite caliente.

Ahí, en ese instante, el hombre entendió algo que muchos todavía no entienden hoy: lo de siempre no es lo mejor. Y el sufrimiento no es ninguna obligación.

Paré cambió el rumbo. Dejó el hierro al rojo vivo pa’l carajo, empezó a atar las venas con ligaduras para que no se desangrara la gente, se puso a diseñar manos y piernas falsas para los mutilados, y encima escribió sus secretos en francés, no en latín, para que todo el mundo pudiera entenderlo, no solo cuatro sabiondos.

¿Lo criticaron? Claro que sí. ¿Lo miraron feo? Como a perro en misa. Pero los muertos empezaron a ser menos, y eso, amigo, pesa más que cualquier mala mirada.

Cuando Paré se fue de este mundo, en 1590, dejó una frase que es pura cubanía aunque esté en castellano antiguo: «Yo lo curé, Dios lo sanó». Nada de ínfulas. Nada de echarse flores. El respeto a lo que no se controla y el orgullo por lo que sí se puede hacer.

¿Y su legado? No está en los museos ni en las estatuas. Está en cada quirófano donde el cirujano no solo corta, sino que mira al que tiene enfrente como a un ser humano. Porque hubo un día en que se acabó el aceite hirviendo, y un tipo con las manos llenas de sangre se atrevió a pensar que el dolor no tenía por qué ser eterno.

Y de eso, que nadie lo dude, se trata la medicina de verdad.

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