Cuando el sistema se cree su propia mentira

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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- Otra vez con el cuento de que todo esto fue un accidente, que si los errores aislados, que si las circunstancias adversas. Por favor. Lo que tenemos delante no es un desliz ni una metedura de pata histórica. Es una obra maestra de la ingeniería del engaño, construida con esmero durante décadas, capa sobre capa, ladrillo sobre mentira, hasta formar una catedral de la posverdad donde ya nadie sabe muy bien dónde termina el discurso y empieza la realidad. Y lo peor no es que exista. Lo peor es que ellos lo saben. Y no les da vergüenza.

Porque los que sostienen este tinglado no están escondidos en una cueva secreta. Están ahí, a la vista, paseándose por la telerealidad cotidiana, normalizando lo que ninguna sociedad decente debería normalizar. Unos lo hacen por convicción —que es triste—, otros por conveniencia —que es miserable—, y la mayoría por inercia, por miedo o porque es lo que hay. Pero todos, absolutamente todos, contribuyen a mantener en pie ese andamio oxidado que llaman «sistema» y que hace tiempo dejó de funcionar para su propia gente. Porque cuando la realidad se vuelve incómoda, ellos cambian la realidad. Así de fácil. Así de siniestro.

Y aquí viene lo más delicado: no es que la gente no sepa. Es que la gente se ha adaptado a saber pero no poder decirlo. Esa es la jaula perfecta. Porque la democracia, en su versión más básica —sin florituras ni manuales de teoría política—, no pide nada del otro mundo: pide hechos. Pide elecciones de verdad, poder de verdad, libertad de verdad. Pero cuando todo eso desaparece, la palabra «democracia» se convierte en un flotador decorativo, algo que cuelgas en la pared para que parezca que la casa está ordenada. Y entonces, con la palabra vacía, se puede justificar cualquier cosa. Hasta lo injustificable.

Lo único que queda es la fuerza

La pregunta, entonces, es incómoda pero necesaria: ¿qué queda de todo eso en Cuba? Pues muy poquito. Casi nada. Un esqueleto conceptual al que le han ido arrancando las costillas una por una. Las instituciones, que debían ser contrapesos, son extensiones. El Parlamento, que debía legislar, aplaude. Los jueces, que debían ser independientes, asienten. Y el ciudadano, que debía ser el centro del sistema, es apenas un espectador de su propia ruina. La revolución, aquella que según el relato iba a liberarnos, terminó construyendo una estructura rígida donde la consigna vale más que el resultado y el discurso más que la evidencia. Y así, claro, nos va.

Porque el balance, a estas alturas, es insultante. Estancamiento económico, deterioro social, una diáspora que no para de crecer y generaciones enteras que se han ido con el futuro bajo el brazo porque aquí no cabía. El costo humano no se mide en estadísticas, se mide en familias rotas, en silencios forzados, en la autocensura que ya es un reflejo como respirar. Y mientras tanto, la narrativa oficial intenta vendernos otra película, con repetición, con negación selectiva, con eso de que «el bloqueo» o «la guerra económica» o lo que sea. Pero los sistemas que viven de la disociación entre lo que dicen y lo que pasa, tarde o temprano crujen. Y aquí el crujido ya se oye.

Hoy el desgaste es visible hasta para los más optimistas. El discurso ya no convence. No emociona. No explica nada de lo que la gente vive en sus carnes: la cola, el apagón, la medicina que no llega, el familiar que se fue. Cuando la narrativa pierde autoridad, lo único que queda es la fuerza, la inercia o la repetición mecánica de consignas que ya nadie se cree. Esta no es una etapa de expansión, ni de logros, ni de estabilidad. Es una etapa de agotamiento. Y los que aún sostienen el discurso oficial no están preservando una promesa original, están prolongando un entierro en cámara lenta. Porque toda arquitectura construida sobre la mentira tiene un límite. Y ese límite, queridos míos, ya se ve desde lejos.

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