Por Ulises Toirac ()
La Habana.- No, contrario a lo que imaginan las morbosas células grises de quienes me leen, no voy de sexo aquí. Aunque sí hay un morbo latente, subcutáneo y disfrazado como aquel mendigo de manos cuidadas que prefiere extender una latica, que trabajar. Un tren infinito de apagones resulta ser curso académico de esta materia.
La natural disposición del cerebro, en defensa de su equilibrio, es la de normalizar la realidad. Deja abierta una brecha, personal e intransferible, para que nuestra necesidad de mejora se active, pero en general, identifica los aspectos inapelables de esa realidad y los pasa al departamento «ejtoélonormal», y no le mete coco, cacumen, taladro neuronal, porque en ello te va una armonía. Salvo que amigos que vivan otra realidad, no te informen constantemente que la tuya está jodida… «Vivieron muy felices y comieron perdices».
Los hay más propensos, son aquellos de los que se dice: «A éste lo pones a vivir debajo de una piedra, y ahí se mete diez años». Gente sin problemas psicológicos. La estabilidad cuasi-nirvána. Es beneficiosa porque permite un enfoque más sólido en los objetivos —sin que te jodan las circunstancias—, pero suele suceder que como niegas la realidad para ello, los objetivos se desplazan a zona idiota, en el mejor de los casos, cuando no a parajes torcidos de la naturaleza humana.
La perfecta es «ni muy aquí ni demasiado allá». Un agua tibia que no desconecte, pero que tampoco te acose como un psicópata encarnao. Un pisar tierra, pero con zapatos.
En Cuba la recua de apagones llegó a ser nivel Dios. No hablo de una vez al día o cada tres, un blackout de una hora. No. Hablo de días sin corriente. De dosis mínimas para que cargaras los tarecos electrónicos y pusieras la bomba de agua —si los planetas estaban alineados—, y tuvieras la falsa ilusión de vivir en el siglo XX… ¡XXI!… ¿Ves…?
De forma gráfica, o más bien auditiva, lo relaciono a un cuarto de motores. Quien haya trabajado en una industria sabe de lo que hablo. Cuando se apagan los motores, el silencio que sobreviene es tan brutal que hiere los oídos. Así es cuando llega el corte de luz. El cuerpo entra en un proceso de hibernación prolongada las horas que dure el apagón. Cero actividad. No solo en casa: la ciudad, por zonas, también entra en hibernación profunda de todo.
Y a la restauración de la energía eléctrica, le sigue un estado febril de actividad tratando de recuperar el tiempo perdido, no sin perder de vista que la espada de Damocles del próximo corte, pende sobre el universo.
De tal manera que el ciclo dispar y absolutamente aleatorio, se convierte en el centro. Llega uno a suspirar de tranquilidad cuando se va la luz. Y ahí es donde se pone de manifiesto aquello de lo que hablé arriba acerca de la autodefensa.
¡Bip!
—¡Se fue pal carajo!
—¡No, mijito! Yo que puse en microgüey… ¿Serás anormal? ¿No sigues viendo la televisión?
—¡Coño, verdad!
Se hace viral. No en términos de redes sociales, sino de patología. Te persigue subcutáneamente como un animal oculto, agazapado, caminando cuidadosamente tras los arbustos, buscando el momento exacto.
—¡Lleva! ¡Ahora sí se fue pal carajo!
—Relax. Apagué la luz del comedor. Mira el ventilador.
Uno va todo el tiempo con la pizarra de la bomba terrorista que sale en las series, solo que la que se coloca en el cerebro, muestra números aleatorios. El zapador de la unidad antiterrorista es un kamikaze al que la vida le vale mierda y se ríe con el alicate a punto de cortar el cable. Y esos números confunden. A veces te da la impresión —aunque el aparato explosivo sigue siendo de temer— que no es inminente la explosión.
—¡Neneée! Papo ¿en qué planeta tú andas? Hace rato que se fue la corriente…
—¿¡Cóm…!?… Y yo comiendo mierda mirando para el restaurante de allá enfrente que tiene planta…
Y ahí también te jode.
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