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Por Jorge L. León (Historiador e Investigador)
Houston.- Cuba ha decidido, en su último acto de ridiculez, cerrar las puertas a cualquier conversación con los Estados Unidos. Un gesto que debería impresionar… si no fuera porque la historia demuestra, una y otra vez, que los dictadores no se inmolan: huyen. Siempre.
Batista se largó con lo puesto, Ceaușescu corrió por su vida, Duvalier desapareció en un avión rumbo a la impunidad. Díaz-Canel, por más gestos dramáticos y discursos inflamados que pronuncie, sabe que la supervivencia personal pesa más que la “patria” o la “revolución”.
Mientras el público observa el espectáculo visible —“aquí no se rinde nadie”—, detrás de las cortinas se tejen intrigas, sobornos y ofertas clandestinas que nadie alcanza a descifrar.
Esta es la especialidad del castrismo: bufón para afuera, tiburón para adentro. Cada desfile, cada discurso, cada gesto heroico es humo sobre la verdad cruda: el régimen juega con fuego, y Estados Unidos no es un espectador de teatro; un portaaviones y tres acorazados bastarían para derrumbar esta farsa de coraje teatral.
Y mientras los cubanos sufren apagones, hambre y miseria, existe toda una izquierda militante que aplaude la función desde hoteles, congresos internacionales y suites con vista al mar. La izquierda de los discursos grandilocuentes y viajes pagados celebra los gestos heroicos de la dictadura mientras ignora olímpicamente el fracaso económico, la represión y la pobreza que ellos mismos ayudan a maquillar. Gratis, cómodos, siempre con la conciencia a salvo, esta militancia de salón transforma la hipocresía en arte: palabras que suenan a revolución y actos que huelen a cobardía.
Y mientras ellos juegan a los héroes en los escenarios montados, afuera la realidad cubana los desmiente a cada paso. El hambre, los apagones, los hospitales vacíos y los niños que estudian con libros rotos son los verdaderos protagonistas de esta tragicomedia. Cada desfile, cada sonrisa forzada, cada aplauso de la izquierda militante no hace más que subrayar la brecha entre la puesta en escena y la vida real. Al final, esta farsa es como un teatro de marionetas sin hilos: los dictadores creen mover los hilos, pero es el pueblo el que, silencioso y paciente, ya sabe cuándo cortar las cuerdas y dejar caer las máscaras.
Al final, todos sabemos cómo terminará esta tragicomedia: el pueblo barrerá a los sinvergüenzas, o la presión externa hará caer las cortinas. La ironía final será que quienes más gritaron “¡no nos rendimos!” serán los primeros en buscar la salida de emergencia. La historia, predecible y cruel, recuerda que incluso los bufones más seguros del escenario terminan cayendo… y el telón baja, inevitable, sobre la farsa.