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Por Yeison Derulo

La Habana.- Otra vez el mismo libreto. El régimen montando un espectáculo donde todo suena épico, solidario, casi poético, mientras la realidad del país se cae a pedazos. El llamado Convoy Nuestra América no deja de ser eso: una puesta en escena cuidadosamente armada para vender al mundo una imagen que no resiste el más mínimo contraste con la vida cotidiana del cubano. Mientras en los salones del Instituto de Amistad con los Pueblo (ICAP) se habla de “humanismo” y “esperanza”, en la calle la gente está resolviendo cómo cocinar sin corriente.

Hablan de 600 personas, de 33 países, de cientos de organizaciones y lo presentan como una victoria moral frente a un supuesto cerco. Lo que no dicen es que ningún convoy, por muy cargado de consignas que venga, puede tapar el desastre interno. Esa ayuda material, que tanto celebran, no es más que la evidencia de un país incapaz de sostenerse por sí mismo. Y lo más indignante no es recibir ayuda, sino convertir esa necesidad en propaganda política.

Después viene el desfile de discursos grandilocuentes, donde todo gira alrededor del “imperialismo”, la “resistencia” y la “dignidad”. Un guion repetido hasta el cansancio que ya ni sorprende. E tanto, los mismos que aplauden en primera fila —con Miguel Díaz-Canel incluido— son los responsables directos de que Cuba esté en la situación que está. Es muy fácil culpar al enemigo externo cuando no hay que rendir cuentas internas.

Lo más cínico de todo es vender esta caravana como un acto de amor hacia el pueblo cubano, cuando ese mismo pueblo no tiene voz en ese escenario. Nadie le preguntó al cubano de a pie qué piensa, qué necesita realmente, qué soluciones propone. Todo está diseñado desde arriba, para reforzar un relato donde el gobierno siempre es víctima y nunca responsable. Y eso, más que solidaridad, es manipulación.

Al final, queda la sensación de que no se trata de ayudar a Cuba, sino de sostener una narrativa que beneficia al poder. Si de verdad existiera un compromiso genuino con el bienestar del pueblo, la conversación sería otra: libertad, reformas, soluciones reales. Pero no. Prefieren montar caravanas, cantar canciones y repetir consignas, mientras el país sigue apagado, vacío y cansado de tanta falta de respeto disfrazada de solidaridad.

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