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La Madre de los Muertos

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En la Italia devastada por la Segunda Guerra Mundial, una mujer sencilla decidió hacer algo que nadie más estaba dispuesto a hacer. Su nombre era Lucia Pisapia Apicella. Todos la conocían como Mamma Lucia.

Había nacido el 18 de noviembre de 1887 en Cava de’ Tirreni, cerca de Salerno. Se había casado con Carlo Apicella en 1912 y tuvo dos hijos. Era una mujer humilde, con poca educación formal, pero con una fuerte sensibilidad humana y una profunda fe.

Desde niña mostraba una compasión poco común. Sus padres la llamaban “la bandida”, porque desobedecía constantemente para ir al hospital del pueblo a ayudar a los enfermos. Pero lo que definiría su vida ocurrió durante la guerra.

El 8 de septiembre de 1943, tras el desembarco aliado en Salerno, la zona se convirtió en escenario de violentos combates entre las tropas aliadas y las fuerzas alemanas que se retiraban hacia el norte.

Cuando los enfrentamientos terminaron, el paisaje quedó marcado por el horror. En los caminos, en los campos y en las montañas quedaron cientos de cuerpos sin enterrar.

Las autoridades estaban desbordadas. La población luchaba por sobrevivir con pocos alimentos y recursos. Nadie tenía tiempo para ocuparse de los restos que seguían esparcidos por la zona. Pero Mamma Lucia no podía ignorarlo.

Un día vio algo que la marcaría profundamente. Un grupo de niños jugaba al fútbol usando el cráneo de un soldado. Aquella escena la persiguió incluso en sueños. Según contaría más tarde, una noche soñó con un campo lleno de cruces y jóvenes soldados que lloraban y le pedían que los ayudara a regresar con sus madres.

Desde entonces tomó una decisión. Buscaría los restos de los soldados caídos para devolverles dignidad.

En 1946, después de obtener permiso del alcalde, comenzó la tarea. Al principio la acompañaban dos sepultureros, pero pronto abandonaron el trabajo por miedo: en muchos lugares todavía había munición sin explotar.

Mamma Lucia continuó sola.

Subía por senderos de montaña, exploraba campos abandonados y descendía por barrancos para encontrar huesos dispersos por la guerra. Cada vez que encontraba restos humanos, los recogía con cuidado y trataba de reunirlos. Luego los colocaba en pequeñas cajas de zinc, pagadas con su propio dinero.

Todos los restos eran llevados a la pequeña iglesia de San Giacomo, en Cava de’ Tirreni. Con el tiempo, reunió más de 700 soldados.

Para ella no importaba su origen. Podían ser alemanes, estadounidenses, polacos o italianos. Todos eran iguales. Todos tenían una madre que, en algún lugar, esperaba saber qué había sido de su hijo.

Su trabajo silencioso comenzó a llamar la atención de la prensa internacional, especialmente en Alemania.

En 1951, Mamma Lucia viajó a ese país para entregar los restos de un soldado de 22 años a su familia. Allí fue recibida con enorme emoción.

El gobierno alemán le otorgó la Gran Cruz del Mérito, una de las mayores distinciones del país.

Años después también recibiría reconocimientos del Papa Pío XII y del presidente italiano Giovanni Gronchi.

Pero Mamma Lucia nunca buscó honores.

Pasó las últimas décadas de su vida cuidando la pequeña iglesia donde descansaban los restos de los soldados y contando a los jóvenes las historias de la guerra, para que nunca olvidaran sus consecuencias.

Murió el 27 de agosto de 1982, a los 94 años.

La mujer que había tenido dos hijos en vida terminó siendo recordada por algo mucho más grande. Había tratado a más de 700 soldados desconocidos como si fueran sus propios hijos.

Por eso, con el tiempo, el mundo comenzó a llamarla de una manera que resumía perfectamente lo que había hecho. La Madre de los Muertos.

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