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Díaz-Canel compareció, mintió y aburrió: el show de las mentiras en cadena nacional

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Por Max Astudillo ()

La Habana.- El gobierno cubano anunció una comparecencia a las 7:30 de la mañana, por todas las emisoras de radio y los canales de televisión. Nada más conocerse la noticia, las especulaciones se desataron como pólvora en la isla. Unos decían que hablaría del diálogo con Estados Unidos, otros que aclararía lo de los contactos secretos con Marco Rubio, y hubo quien, con más optimismo que realismo, llegó a asegurar que Miguel Díaz-Canel presentaría su renuncia por haber quedado apartado de las negociaciones con Washington.

Pero no. El presidente impuesto, ese que cada vez se parece más a un fantasma en el poder, salió a hacer lo único que sabe hacer: mentir. Mentir con la misma naturalidad con la que otros respiran.

Díaz-Canel confirmó lo que ya todos sabíamos: que sí, que hay diálogo con Estados Unidos. Pero, eso sí, aclaró con una solemnidad ridícula que el objetivo de esas conversaciones es «el bien de los dos pueblos». Como si las negociaciones hubieran sido iniciativa suya, como si Trump hubiera llamado a La Habana por propia voluntad, como si la Casa Blanca no estuviera marcando el ritmo de este baile macabro.

El presidente habló como si el gobierno cubano estuviera sentado en la mesa de negociaciones en posición de fuerza, cuando la realidad es que están contra las cuerdas, asfixiados por el bloqueo petrolero, con el país a oscuras y la gente en las calles protestando con cacerolas.

Mentiras y más mentiras

Luego vino el desfile de mentiras de siempre. Habló de la electricidad, de los paneles solares que algún día llegarán, de las donaciones que el régimen desvía hacia las tiendas en divisas, del trabajo, del papel de los sindicatos, de los «logros» de la revolución. Todo con ese tono cansino, esa voz sosa que parece salida de un manual de oratoria para funcionarios aburridos. Y cuando llegó al tema de los asesinados en Cayo Falcones, mintió también. Mintió con la misma desfachatez con la que el régimen ha mentido siempre. Culpó a las víctimas, repitió la cantinela de la «incursión armada», y ni una palabra de los cuerpos incinerados, ni una palabra de los heridos a los que se les niega atención consular.

Lo más patético de todo fue su imagen corporal. Díaz-Canel, que nunca ha sido un dechado de carisma, lució peor que nunca. Demacrado, ojeroso, moviéndose en el podio como un animal enjaulado, con gestos nerviosos que delataban más inseguridad que autoridad. Parecía un estudiante que ha llegado sin preparar al examen final y trata de improvisar respuestas. Pero si algo no olvidó fue el arte de mentir. Mintió tanto, con tanta desfachatez, que terminó aburriendo. Saturando. Su lenguaje cantinflesco, pobre, repetitivo, se convirtió en un ruido de fondo que muchos cubanos simplemente apagaron. Porque ya nadie cree. Ya nadie traga.

Teatro absurdo

Al final, la comparecencia no fue más que un acto más de ese teatro absurdo en el que se ha convertido el gobierno cubano. Un presidente que no gobierna, que negocia sin ser informado, que sale a mentir porque es lo único que sabe hacer, y que cada vez que abre la boca confirma lo que todos sabemos: que esto se acaba. Que su tiempo, como el de todo el tinglado castrista, está contado. Y mientras él hablaba, en las calles de La Habana, la gente seguía sin luz, sin comida, sin esperanza. Pero con cacerolas. Siempre con cacerolas. Esperando el momento de hacerlas sonar más fuerte que sus mentiras.

Ah, y por cierto, habló de la «decisión soberana» de liberar 51 presos, por algo que nadie les impuso, sino que la tomaron como gobierno, como país, con todas las potestades que tiene. Ahora habrá que esperar por lo que dice la contraparte, que no es otra que Trump y Marco Rubio. Y veremos cómo lo dejan después de ofrecer sus versiones.

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