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Por Ulises Toirac ()
No he conocido persona más amable y empática que Moraima Sinfiltro. Así le digo para mis adentros, pero todos la conocen como Mora. Su empatía es universal e incondicional. Da igual que la conozcas de toda la vida y seas buena persona, que te conozca hoy en la parada de la guagua y ni puta idea de tu calaña.
Ella abraza y llora.
Cuando La Mora recibe malas noticias de alguna persona que conoce —o que conoce alguien que ella conoce o… en fin, una persona—, lo toma tan a pecho que se hace daño. De hecho hasta le sube la presión. Mandy, su esposo, que la conoce muy bien, anda con el esfigmo parriba y pabajo cuidando de que un exabrupto cognitivo accidental de esos no ponga a La Mora bocarriba como el pescao. Porque lo de La Mora es serio, muy serio. Aunque externamente aparenta estar bajo control, por dentro es una cajebola sin eje.
Y es justamente ahí donde viene la parte buena, lo de «Sinfiltros». En ese estado de nervios, La Mora es capaz de decir las cosas más crueles con una ternura que te deja sin saber si hay que dispararle, o acogerla en otro abrazo para que no sufra tanto.
Nervios: metedura de pata. No falla.
Recuerdo el día que mi esposa nos presentó —es su amiga primero que yo—, le brillaban los ojos.
—Mora, aquí lo tienes: Uly.
Me partió parriba, me dio un abrazo, se separó un tanto para mirarme emocionada —ya yo sabía que admiraba mi trabajo—, con una mano cariñosa acarició mis costillas y me dijo:
—¿Siempre has tenido esa carita así?
Pero ya yo estaba avisado:
—Sí, Mora, siempre he sido feo en cantidades exportables.
Es de las que, si se entera de que una pareja se separa porque ella le estaba pegando los tarros al marido, el primer día que se lo encuentra, le suelta en medio de la conversación:
—Chico, ¿y lo de tu mujer fue así y ya?
Si no fuera porque realmente sus meteduras de pata son el resultado de una extremada condición nerviosa, yo la usaría para divertirme en las fiestas y reuniones. Solo habría que decirle un secreto escabroso o doloroso de alguno de los asistentes y esperar. Eso viene… Y viene antes de que termine la fiesta, porque lo otro es que no puede contenerse. ¿Ella? ¡Parriba del lío! Es una «atracción fatal» en toda ley.
Cierta vez un vecino muy anciano entró en fase terminal. Eso, para cualquier familia en la que hay amor, es traumático. No importa la cantidad de años o si viene al cabo de una larga enfermedad. La muerte, venga como venga, es un parteaguas en los pechos de los cercanos.
La Mora fue al hospital a una visita. Varios vecinos fueron y ella no podía faltar. Las tertulias entre La Mora, mi esposa, Mandy y yo están llenas de historias de este tipo, pero esta se lleva el premio. Cada vez que viene al caso, Mandy hace el cuento muy simpático:
—Todos hablando en baja voz alrededor de la cama del hombre, y en uno de esos silencios que sobrevienen en tales circunstancias, acá —y subraya el «acá» con toda la intención del mundo— se viró para la hija del hombre, que estaba ahí mismo al lado suyo, y le dijo: «Ay chica qué lástima, y ya iba a cumplir años este sábado».
Por cierto, no llegó. (Del Libro Locos de Barrio)