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Por Oscar Durán
La Habana.— A Raúl Castro siempre lo han pintado como el hombre frío del castrismo. El estratega. El tipo que habla poco y manda mucho. Pero a los 94 años ya no queda nada de ese mito. Lo que queda es un anciano rodeado de fantasmas… y de familia.
En Cuba todos saben quién manda. Y también saben algo peor: que quien manda ya no decide del todo. Raúl es, en esencia, el ayatolá de la revolución cubana. El guardián del dogma, el patriarca del sistema, el viejo que desde una butaca invisible todavía dicta qué se puede hacer y qué no en esta isla en ruinas, pero a diferencia de los ayatolás de verdad, Raúl no gobierna solo. Tiene a su alrededor un pequeño consejo de familia que le sopla al oído lo que conviene hacer.
Y la familia, cuando se trata de poder, nunca piensa en ideología. Piensa en supervivencia.
Los Castro saben que el mundo cambió. Que ya no están en 1961 ni en 1994. Que el castrismo se sostiene hoy por pura inercia y por miedo, aunque también saben algo más incómodo: que el final del régimen no será una transición elegante, sino una factura histórica.
Por eso Raúl se aferra.
No a la presidencia —esa se la entregó al obediente Miguel Díaz-Canel— sino al control real. Díaz-Canel no gobierna Cuba. Administra una escenografía. El poder verdadero sigue saliendo de la casa del viejo general, donde cada decisión importante pasa primero por el filtro de la familia Castro.
Alejandro Castro Espín, el hijo general. El Cangrejo. Los consejeros de confianza. Todos forman parte de esa corte doméstica que rodea al patriarca.
Y aquí empieza la polémica, porque el problema ya no es si Raúl quiere seguir mandando. El problema es si Raúl todavía está en condiciones de decidir.
La edad no perdona. El hombre que dirigió décadas y décadas el aparato militar de Cuba ahora vive encerrado entre médicos, escoltas y parientes que le traducen el país. Le cuentan lo que pasa, lo que conviene, lo que se debe negociar.
Y últimamente lo están convenciendo de algo que hace apenas unos años parecía imposible: hablar con Washington, a la manera de Washington.
Raúl vio caer a muchos líderes en su vida. Hay imágenes que pesan más que otras. Vio el final de los viejos revolucionarios de Europa del Este. Vio a dictadores árabes terminar arrastrados por la calle. Y ahora ha visto algo que debió helarle la sangre: el derrumbe del modelo chavista y el bombardeo a la casa de Alí Jamenei.
Las dictaduras envejecen mal. Y Raúl lo sabe.
Por eso en los últimos meses han aparecido señales extrañas. Mensajes discretos enviados a través de intermediarios. Conversaciones indirectas. Gestos que hace diez años habrían sido considerados traición.
Lo curioso es que todo eso ocurre sin que el presidente de Cuba tenga nada que decir.
Miguel Díaz-Canel es, probablemente, el jefe de Estado más decorativo de la historia moderna de América Latina. Un hombre que repite consignas mientras otros deciden. Ni siquiera participa en las negociaciones reales que intenta mover la familia Castro.
En La Habana todo el mundo lo comenta en voz baja: el presidente no manda… y el ayatolá ya no piensa solo.
Ahí está la verdadera grieta del poder.
Cuando una dictadura empieza a gobernarse como un consejo familiar, el final suele estar más cerca de lo que parece. Las decisiones dejan de ser políticas y pasan a ser domésticas. Se discuten en salas privadas, entre hijos, nietos y asesores que piensan más en herencias que en revoluciones.
Raúl Castro quiso dejar un legado. Terminó dejando un clan.
Y los clanes, cuando sienten que el suelo se mueve, hacen lo único que saben hacer: negociar su salida antes de que la historia les pase por encima.
El problema es que en Cuba la historia siempre llega tarde… pero cuando llega, no pide permiso.