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Por Albert Fonse ()
Vancouver.- Cuando se habla del futuro de una Cuba libre, casi siempre el debate se concentra en La Habana. Se habla del presidente, del gobierno nacional y de quién dirigirá el país desde la capital. Sin embargo, ese enfoque repite uno de los grandes problemas de la historia política cubana: la concentración absoluta del poder en un solo lugar.
Durante décadas, todo se ha decidido desde La Habana. Las provincias han sido simples administraciones subordinadas, sin capacidad real para tomar decisiones importantes. Ese tipo de centralización facilita algo muy peligroso: quien controla el poder central controla todo el país.
Por eso, cuando se piense en una Cuba libre, la discusión no debería centrarse únicamente en quién será el presidente. La pregunta más importante es cómo se reparte el poder dentro del país y qué competencias tienen las provincias.
En democracias como Canadá, Estados Unidos y Suiza, las regiones tienen poder real en áreas clave como educación, seguridad, impuestos y parte del comercio interno. Sin embargo, cada país organiza ese equilibrio de forma distinta.
En Canadá, las provincias tienen una autonomía importante. Controlan completamente el sistema educativo y el sistema de salud dentro de su territorio. También administran sus recursos naturales, lo que significa que pueden decidir sobre la explotación de petróleo, minerales, bosques o energía dentro de su provincia. En materia de seguridad, algunas provincias tienen su propia policía provincial, mientras que otras utilizan la policía federal bajo acuerdos con el gobierno nacional.
En impuestos, las provincias canadienses también tienen capacidad para recaudar. Existe un impuesto federal sobre la renta, pero muchas provincias aplican además su propio impuesto provincial sobre la renta. También pueden establecer impuestos sobre ventas provinciales o combinarse con el impuesto federal. En otras palabras, una persona puede pagar impuestos al gobierno federal y al gobierno provincial al mismo tiempo.
En Estados Unidos, el nivel de autonomía regional es todavía mayor. Cada estado tiene su propia constitución, su gobernador, su parlamento estatal y su sistema judicial. Los estados controlan su sistema educativo y tienen amplias competencias en leyes civiles y penales. También existen policías estatales, además de policías municipales y de condado.
En materia de impuestos, los estados tienen gran libertad. Algunos estados cobran impuesto estatal sobre la renta, otros no. Algunos tienen impuestos sobre ventas más altos o más bajos. Texas, por ejemplo, no cobra impuesto estatal sobre la renta, mientras que California sí. Los estados también pueden crear incentivos fiscales para atraer empresas e inversiones.
En cuanto al comercio, la Constitución de Estados Unidos establece que el comercio entre estados debe ser libre, lo que significa que los estados no pueden imponer barreras comerciales entre ellos. Sin embargo, sí pueden regular muchos aspectos económicos dentro de su territorio, como licencias, normas comerciales o impuestos empresariales.
Suiza lleva la descentralización todavía más lejos. El país está formado por 26 cantones que funcionan casi como pequeños estados. Cada cantón tiene su propia constitución, su parlamento, su gobierno y su sistema judicial. Los cantones controlan su sistema educativo, su policía y una parte muy importante del sistema fiscal.
En Suiza, los cantones pueden establecer sus propios niveles de impuestos. Esto significa que los impuestos pueden variar considerablemente entre un cantón y otro. Algunas regiones tienen impuestos más bajos para atraer empresas o residentes. Esa competencia fiscal entre cantones es parte del sistema económico del país.
Además, los municipios dentro de los cantones también pueden cobrar ciertos impuestos locales. Esto crea varios niveles de gobierno que comparten la recaudación fiscal.
En comercio ocurre algo similar a Estados Unidos: el comercio interno dentro del país es libre, pero los cantones tienen capacidad para administrar muchas regulaciones económicas locales.
La gran diferencia entre estos países es cuánto poder económico y fiscal se distribuye fuera del gobierno central. Canadá tiene un sistema federal con bastante influencia del gobierno nacional. Estados Unidos reparte más poder entre los estados. Suiza es uno de los ejemplos más descentralizados del mundo, donde gran parte del poder político y fiscal está en manos de los cantones.
Pensando en el futuro de Cuba, estas experiencias ofrecen una reflexión importante. Durante décadas, el país ha vivido bajo un modelo extremadamente centralizado donde el gobierno nacional controla prácticamente todo: economía, comercio, impuestos, educación y seguridad.
Una Cuba libre podría diseñar un sistema donde las provincias tengan mayor autonomía en áreas como educación, desarrollo económico regional, seguridad pública provincial y parte de la recaudación fiscal. Eso permitiría que cada provincia impulse su propio desarrollo, atraiga inversiones y administre mejor sus recursos.
Las realidades dentro de Cuba son muy distintas. Las necesidades económicas de Pinar del Río no son las mismas que las de Matanzas, Camagüey o Santiago de Cuba. Permitir que cada región tenga mayor capacidad para gestionar su economía podría estimular el crecimiento local y reducir la dependencia absoluta de decisiones tomadas en la capital.
Entre los distintos modelos federales existentes, el sistema suizo ofrece una referencia especialmente interesante. Demuestra que un país puede distribuir gran parte del poder político, administrativo y fiscal entre sus regiones y aun así mantener estabilidad, prosperidad y unidad nacional.
Una Cuba libre no debería imaginarse solo como un cambio de gobierno en La Habana. Debería pensarse como una nueva estructura institucional donde el poder esté repartido entre sus provincias, donde las decisiones económicas y administrativas se tomen más cerca de los ciudadanos y donde nunca más una sola ciudad pueda decidir el destino de toda la nación.