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Por Datos Históricos
La Habana.- Década de 1930. En el corazón de Nueva York se alzaba una torre que parecía imposible. El Empire State Building acababa de terminarse y, durante un tiempo, no tuvo rival en el horizonte. A su alrededor no había aún la jungla de rascacielos que hoy define Manhattan. En cambio, lo rodeaban edificios bajos, casas y estructuras mucho más modestas.
La diferencia era tan grande que el edificio parecía surgir de otra escala, como si perteneciera a un futuro que todavía no había llegado.
Cuando se inauguró en 1931, el Empire State Building se convirtió en el edificio más alto del mundo, con 381 metros de altura. Fue levantado en plena Gran Depresión, en un momento en el que millones de estadounidenses luchaban por sobrevivir económicamente.
Paradójicamente, aquella torre gigantesca terminó simbolizando algo más que ambición arquitectónica. Para muchos, representaba la confianza en que el país volvería a levantarse.
Durante años, su silueta dominó completamente el paisaje urbano. Desde kilómetros de distancia era visible como una aguja solitaria que parecía tocar el cielo.
Solo décadas después, cuando nuevos rascacielos comenzaron a multiplicarse en Manhattan, el Empire State dejó de ser el único gigante del horizonte.
Pero esa fotografía conserva un momento único de la historia.
Un instante en el que un solo edificio bastaba para definir el futuro de toda una ciudad.