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Por Anette Espinosa ()
Hay un olor a quemado que no termina de irse de esta isla. Esta vez fue en Matanzas, en la Fábrica de Cubos del Consejo Popular Playa, justo donde los desechos plásticos llevaban días acumulándose bajo el sol inclemente.
Vecinos vieron la columna de humo alzarse como una advertencia, como si el barrio entero hubiera contenido el aliento cuando las llamas lamían el aire cerca de la ESBU Cándido González y la subestación del Cocal. Fue a las ocho de la noche de ayer, esa hora en que las familias cubanas se sientan a comer o ven el noticiero, pero en Matanzas el noticiero era el fuego devorando lo que encontró a su paso.
Los bomberos del Comando 1 llegaron con la técnica de primer aviso y un carro cisterna, como se llega en esta isla donde todo escasea menos el coraje. A las 8:20 controlaron el incendio. Veinte minutos que deben haber sido eternos para quienes viven ahí, para los niños que hoy irán a la escuela junto a un solar ennegrecido que aún huele a plástico derretido. Veinte minutos que en cualquier país del mundo serían un incidente menor, pero aquí se celebran como victoria porque los bomberos hicieron lo imposible con lo que tenían. Nadie resultó lesionado, dicen los reportes. Investigan las causas, dicen también.
Pero Matanzas no es un caso aislado. Cuba se quema en pedazos desde hace años. Se quema en Guisa, donde el fuego también ha bailado su danza destructora entre casas de madera y techos de guano. Se quema cada vez que el Ranchón de la Carretera a Playa Girón vuelve a arder, como si ese lugar tuviera una cita con las llamas cada cierto tiempo, como si la historia se empeñara en repetirse en forma de incendio. El Ranchón ha ardido tantas veces que ya los vecinos pierden la cuenta, y cada vez lo reconstruyen, y cada vez el fuego regresa, terco, como recordándonos que aquí nada está seguro.
Lo que arde en estos incendios es más que plástico o estructuras de madera. Arde la paciencia de un pueblo que ve cómo el humo se convierte en paisaje cotidiano. Arde la confianza en que las cosas funcionen, en que los desechos no se acumulen junto a escuelas, en que haya suficiente agua en los hidrantes, en que los bomberos tengan los medios para hacer su trabajo sin jugarse la vida más de lo necesario. Arde la sensación de que esto podría evitarse si hubiera mantenimiento, si hubiera previsión, si hubiera algo parecido a una cultura de la prevención en un país que vive apagando incendios en lugar de evitarlos.
Cuando el fuego se controla, cuando las llamas se rinden ante el esfuerzo de los bomberos, viene el silencio. Ese silencio pesado que deja la ceniza, ese olor que se impregna en la ropa y en la memoria. Los vecinos de Playa mirarán mañana ese espacio carbonizado y sabrán que pudieron perder más, que por esta vez el fuego se contentó con los desechos plásticos. Pero también sabrán que el peligro no se ha ido, que sigue ahí, latente, esperando el próximo descuido, la próxima chispa, la próxima noche en que Cuba vuelva a arder.
Y mientras tanto, la isla sigue quemándose a pedazos. Un incendio aquí, otro allá. El Ranchón, Guisa, Matanzas. El humo se eleva y el viento lo lleva, y quizás alguien allá afuera mire las noticias y piense que es solo otro fuego en el trópico. Pero los que vivimos aquí sabemos que cada columna de humo es una herida, que cada llamada a los bomberos es un grito, que cada vez que el fuego se apaga algo nuestro se ha ido con él para no volver.