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Por Sergio Barbán Cardero ()

Miami.- Hace más de diez años yo utilizaba Facebook como lo usa casi todo el mundo, para entretenimiento, comunicarme con amigos, compartir algunas fotos y saber de la vida de parientes y conocidos. Era un espacio cotidiano, personal, sin mayores pretensiones.

Pero con el tiempo, ya viviendo fuera de Cuba y observando mi país con la distancia que da el exilio, comprendí algo que antes no veía con tanta claridad: Facebook también podía ser un espacio de lucha. Un lugar donde decir lo que durante años nos obligaron a callar.

Por aquellos días yo pertenecía a un grupo de Facebook formado por antiguos compañeros de trabajo, conocidos en Cuba. Fue allí donde comencé a hablar abiertamente de episodios de nuestra historia que el discurso oficial siempre ha intentado deformar o silenciar. Uno de ellos fue el Mariel de 1980.

Empecé a contar lo que muchos vivimos: las humillaciones, las arbitrariedades y, sobre todo, la brutalidad de los llamados mítines de repudio. Relaté cómo en nuestros centros de trabajo nos obligaban a participar. Recuerdo perfectamente cómo el sindicato y miembros del partido comunista, pasaban por los cubículos sacando a todo el mundo de las oficinas.

Cuando ya no quedaba nadie dentro, cerraban con llave, había un chivato en cada piso. El mensaje era claro: nadie podía quedarse «trabajando» para evitar participar en aquel teatro de odio organizado desde el poder.

Otra expulsión

Aquellas publicaciones generaron debate en el grupo. Algunos, todavía fieles al discurso oficial, comenzaron a repetir el argumento clásico: que la revolución había tenido “más luces que sombras”. Yo siempre he pensado lo contrario. Y si alguna vez tuvo luces, hace tiempo que se apagaron. Igual que las noches de hoy en Cuba: oscuras, sin electricidad, sin agua y muchas veces también sin comida.

Con el argumento de que mis comentarios eran subversivos, generaban odio e incitaban a un enfrentamiento; un día decidieron expulsarme del grupo. Curiosamente, después de aquello, algunas personas me escribieron en privado. No lo dijeron públicamente en el grupo, pero sí me comentaron que lo ocurrido les parecía arbitrario. Fue entonces cuando les respondí algo que para mí tenía un significado especial: en realidad no era la primera vez que ese mismo grupo de personas me expulsaba. Ya lo habían hecho muchos años antes. Y ocurrió durante los sucesos del Mariel de 1980.

En aquella época trabajaba en una empresa que tenía siete pisos. Cuando organizaban los mítines de repudio nos sacaban a todos al patio interior del edificio. Las personas se colocaban a lo largo de las barandas de cada nivel. Desde abajo se miraba hacia arriba y desde arriba hacia abajo. En la práctica, todos podíamos vernos.

En uno de aquellos actos alguien observó que yo no gritaba consignas, no aplaudía y mantenía los brazos cruzados. Era mi manera silenciosa de protestar.

Expulsión, al fin…

Poco después, en una reunión de la Unión de Jóvenes Comunistas (donde siempre existía el punto de críticas y autocríticas en el orden del día) la compañera Felicita pidió la palabra para hacer una crítica contra mí. Dijo que me había visto poco efusivo, poco combativo, que mi actitud no reflejaba el entusiasmo revolucionario que se esperaba de un militante comunista en un mitin de repudio.

Cuando terminó, me dieron la palabra. Respondí con calma, pero con firmeza: dije que no estaba de acuerdo con los mítines de repudio y que, por favor, no contaran conmigo para participar en ellos. Lo que no imaginé fue que aquella respuesta abriría un proceso.

El asunto escaló rápidamente. Intervino Laurencio, el secretario del Partido Comunista de la empresa y también un miembro del Comité Municipal de la UJC. Durante varios días el tema fue discutido como si se tratara de un delito grave. Finalmente me preguntaron si estaba dispuesto a retractarme de lo que había dicho. Respondí que no.

La decisión fue expulsarme de la UJC de manera indefinida, sin posibilidad de regresar. Lejos de sentirme derrotado, me sentí extrañamente libre.

Pasó el tiempo y, al parecer, yo no fui el único que se negó a participar en aquellos actos. Meses después alguien volvió a contactarme para decirme que se había reconocido que durante los sucesos del Mariel se habían cometido excesos. Incluso circularon una carta de Fidel Castro, donde había admitido parcialmente esos errores, exponiendo los severos daños a viviendas a las cuales llamó «propiedad social». Me mostraron la carta, supuestamente para enmendar su error. Entonces me propusieron reconsiderar mi caso. Les respondí que no quería regresar.

Facebook, mi trinchera

Si mis propios compañeros; los que trabajaban conmigo, los que me conocían, no habían sido capaces de entender mi posición en aquel momento, ¿por qué habría de volver ahora solo porque desde arriba se había reconocido que hubo excesos?

Para mí ya había ocurrido algo mucho más profundo. Había llegado a un punto de inflexión sin retorno. Por eso, cuando décadas después me expulsaron de aquel grupo de Facebook por decir exactamente lo mismo que había dicho en 1980, no lo viví como una derrota. Lo vi como una confirmación.

Fue entonces cuando tomé una decisión: borré todas mis fotos familiares, todos los recuerdos personales y convertí mi cuenta de Facebook en otra cosa. En una trinchera.

En aquel momento no imaginaba hasta dónde podía crecer aquello. Pero con el tiempo comprendí que convertir mi muro en una trinchera fue también como plantar una semilla. Y hoy esa semilla ha dado fruto.

Con los años comenzaron a surgir muchas otras voces. Y lo más esperanzador de todo es que muchas de esas voces son jóvenes que hablan desde dentro de Cuba, utilizando las redes sociales para denunciar pacíficamente la realidad que viven cada día: la escasez, la represión, los abusos del poder y la mentira oficial.

Internet devuelve el debate político

El régimen, por supuesto, no tolera eso. Nunca lo ha tolerado. Por eso ha creado leyes represivas destinadas a silenciar a quienes se atreven a usar internet como herramienta de libertad. Persiguen, amenazan, detienen y encarcelan.

Ahí están los casos de jóvenes activistas como los muchachos del grupo @El4Tico en Holguín, o voces valientes como: @LizandraGongora, joven madre de 5 hijos, sentenciada a 14 años de prisión. @AnnaSofíaBenítezSilvente, @EsenciaDramatica, @FueradelaCajaCuba, @AntonioQuintanaBonachea, que desde las redes sociales se atreven a decir lo que durante décadas fue imposible decir dentro de Cuba.

No son los únicos, por supuesto. Hay muchos más. Pero lo verdaderamente importante es el fenómeno.

Durante décadas el sistema expulsó a millones de cubanos de la vida política. Les enseñó que opinar era peligroso, que disentir era traición y que pensar diferente tenía consecuencias. Sin embargo, la historia tiene sus ironías. Porque lo que el régimen expulsó de la plaza pública, internet lo ha comenzado a devolver al debate nacional.

Internet y el control de la verdad

Hoy las redes sociales funcionan como una plaza cívica que el poder no controla completamente. Y en esa plaza cada día aparecen nuevas voces dispuestas a decir la verdad. Durante décadas el régimen cubano expulsó a los ciudadanos de la política y convirtió el silencio en una forma de supervivencia. Pero cometió un error de cálculo. Pensó que, controlando los periódicos, la televisión y la radio controlaba también la verdad.

La verdad es que ya no tienen recursos ni para imprimir esos periódicos, ni energía con que alimentar las estaciones de radio y televisión.

No contaron con internet. Hoy millones de cubanos tienen en sus manos un pequeño dispositivo que el poder no puede vigilar del todo: un teléfono conectado al mundo. Desde ahí escriben, denuncian, recuerdan y desmontan cada día la mentira oficial. Por eso mi muro de Facebook dejó de ser hace años un álbum familiar para convertirse en una trinchera.

Las dictaduras temen a los ejércitos. Pero lo que realmente puede derrotarlas es algo más simple: ciudadanos que pierden el miedo a hablar.

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