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Por Luis Alberto Ramirez ()
La Habana.- La historia reciente está enviando señales demasiado claras como para que el régimen de La Habana siga ignorándolas. Cuando un gobierno decide sustituir la realidad por consignas, y la prudencia por guapería política, termina pagando un precio que casi siempre lo paga primero su pueblo.
Hoy el poder cubano debería mirarse en el espejo de lo ocurrido en Irán. La eliminación del líder supremo Alí Jameneí en una operación militar de precisión, que también acabó con buena parte del alto mando, ha sacudido el tablero geopolítico mundial. Según reportes recientes, la ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel se ejecutó en segundos tras años de inteligencia acumulada, provocando una crisis inmediata en Teherán.
Más allá de las simpatías o rechazos que pueda generar ese hecho, el mensaje estratégico es evidente: ningún régimen es intocable cuando se aísla, se radicaliza y subestima los riesgos. La Habana, sin embargo, parece moverse en la dirección contraria.
Entre maniobras militares, discursos de plaza sitiada y el eterno papel de víctima del “imperialismo”, el poder cubano se debate entre la realidad y la incertidumbre. Y la realidad, dura, incómoda, innegable, es que el margen de error para los regímenes cerrados se reduce cada día más en un mundo hiperconectado y volátil.
El caso venezolano también debería encender alarmas. La reciente captura del líder chavista Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, un hecho que reconfiguró el tablero político en Caracas, demostró que los escenarios que muchos consideran “impensables” pueden materializarse con rapidez cuando confluyen voluntad política, inteligencia y oportunidad.
La pregunta para el castrismo es sencilla: ¿por qué esperar a que la presión externa marque el ritmo de los acontecimientos? Cuba atraviesa una de las crisis económicas y sociales más profundas de su historia reciente. Escasez crónica, deterioro de servicios básicos, migración masiva y pérdida de expectativas son síntomas visibles de un modelo que hace tiempo dejó de ofrecer prosperidad. Persistir en la retórica socialista como dogma inamovible no está resolviendo esos problemas; más bien los está prolongando. Gobernar no es resistir indefinidamente. Gobernar es corregir a tiempo.
Si algo enseña el caso iraní es que el exceso de confianza estratégica puede convertirse en vulnerabilidad súbita. Los sistemas políticos altamente centralizados tienden a parecer fuertes… hasta que dejan de serlo. Y cuando eso ocurre, el cambio no suele ser ordenado ni indoloro.
Cuba todavía tiene margen para evitar escenarios traumáticos. Pero ese margen no es infinito. Poner al pueblo cubano por delante, de verdad, no en consignas, implicaría abrir espacios económicos reales, desmontar el inmovilismo ideológico y reconocer que el modelo actual no está generando bienestar. Implicaría, en suma, darle una oportunidad a la lógica antes de que la realidad se imponga por las malas. Porque la historia reciente está hablando alto. La cuestión es si en La Habana están dispuestos a escuchar o seguir con los ojos cerrados.