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Por Oscar Durán
La Habana.- Muchos pensaron que, en el diseño de prioridades de la Casa Blanca, Cuba estaría en la primera línea de la agenda de Donald Trump, después de la captura de Nicolás Maduro. No fue así. El foco se movió hacia el conflicto con Irán y, mientras los titulares giran hacia el Medio Oriente, la dictadura cubana respira. Gana tiempo. Se acomoda. Ajusta piezas. Y cuando un régimen como el castrista gana tiempo, no es para reformarse; es para atrincherarse mejor.
Hoy el mundo tiene los ojos puestos en los misiles, en los mapas bélicos y en las imágenes de destrucción que llegan desde Teherán o desde cualquier punto caliente de la región. Entretanto, las ciberclarias hacen lo suyo: chantaje emocional en redes sociales, publicando muertes de niñas iraníes y explotando el dolor ajeno como herramienta propagandística. La tragedia convertida en argumento político. La sangre usada como cortina de humo.
Pero en Cuba también se muere gente. Se mueren niños en hospitales sin insumos. Se mueren ancianos por falta de medicamentos. Se apagan vidas en salas de terapia donde no hay ni lo más básico. Y todo eso ocurre sin que caiga un solo misil. Sin sirenas antiaéreas. Sin bombardeos. La muerte aquí es silenciosa, constante, burocrática. Es el resultado de décadas de incompetencia y de un sistema que colapsó hace rato, aunque lo sigan maquillando en la Mesa Redonda.
Desviar la atención hacia Irán es un negocio perfecto para La Habana. Mientras el debate internacional se concentra en geopolítica, sanciones y posibles escaladas militares, el régimen cubano sigue administrando la miseria interna con la misma impunidad de siempre. Cada día que pasa sin presión real es un día más de oxígeno para una estructura que está al borde del colapso, pero que todavía se sostiene a base de represión y desgaste.
No nos confundamos. La tragedia en el Medio Oriente es grave, pero Cuba no puede salir del radar. Aquí hay una crisis humanitaria sin bombas, una represión sin cámaras internacionales y un pueblo exhausto que lleva demasiado tiempo resistiendo.
Si algo está claro es que el régimen castrista no caerá por distracción externa. Mantener el foco, denunciar sin descanso y no permitir que cambien la conversación es, hoy más que nunca, una obligación moral.