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Por Albert Fonse ()
Vancouver.- En Cuba existen sacerdotes que han sido verdaderos líderes morales. Padres que han acompañado a familias destrozadas, que han consolado a madres de presos políticos, que han hablado con valentía desde el púlpito cuando el miedo domina las calles. Es justo reconocerlo. No se puede meter a todos en el mismo saco. Hay hombres de fe que han estado del lado correcto de la historia, del lado del sufrimiento humano y no del poder.
Mi cuestionamiento no va contra esos sacerdotes. Va hacia la jerarquía, hacia cardenales y obispos, hacia quienes tienen acceso directo a Roma y capacidad de influir en el tono y contenido de lo que el Papa dice cuando habla de Cuba. Después de cada reunión con los jefes diablos jefes del infierno cubano(dictadura cubana), no vemos que ese encuentro termine en una exigencia pública y clara para los más necesitados: la libertad de los presos políticos.
Sé que la Iglesia muchas veces habla en claves. Sé que su diplomacia se mueve en el terreno de la prudencia y el lenguaje medido. Entiendo que existen gestiones silenciosas y conversaciones reservadas. Aun así, es difícil no sentir indignación cuando el Papa se reúne con quienes sostienen el aparato represivo en Cuba y no se escucha, con la misma claridad, una defensa explícita de los encarcelados por pensar diferente.
Estamos hablando de seres humanos enfermos, con hambre, castigados por expresar una idea o participar en una protesta. No son una estadística ni una categoría abstracta. Son personas con nombre, familia, historia. Cuando las reuniones diplomáticas se anuncian con formalidad, pero no se acompañan de una exigencia firme por la libertad de los cautivos, el mensaje que queda es confuso.
El episodio de los 553 presos dejó una señal preocupante. Se presentó como un gesto humanitario tras conversaciones con el Vaticano. Se habló de liberaciones. Sin embargo, la realidad mostró que liberaron más presos comunes que presos políticos. Muchos de los liberados salieron bajo amenazas explícitas de regresar a prisión si continuaban con sus actividades cívicas. Algunos fueron reencarcelados después de un tiempo en libertad sin motivo legítimo alguno. Eso no es justicia. Eso es control bajo apariencia de clemencia.
La Iglesia no puede permitir que la dignidad humana se diluya en fórmulas diplomáticas. Liberar a un inocente no es una concesión política, es una obligación moral elemental. Cada encuentro con el poder debería terminar con una palabra clara en favor de quienes no tienen voz.
Si la Iglesia quiere ser conciencia moral y no simple interlocutora institucional, debe llamar las cosas por su nombre. Un preso político es un preso político. La represión es represión. La fe no puede mantenerse neutral entre el oprimido y el opresor.
Cuando el Papa hable de Cuba, el mundo debería escuchar una frase inequívoca: libertad para los presos políticos cubanos. Sin condiciones. Sin cálculos. Sin ambigüedades. Porque el Evangelio no fue anunciado para proteger tronos, sino para liberar cautivos.
“Acordaos de los presos, como si estuvierais presos juntamente con ellos; y de los maltratados, como que también vosotros mismos estáis en el cuerpo.”
Hebreos 13:3