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Cuba, la madre enferma: lo positivo, lo negativo y la trampa de siempre

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Por Eduardo González Rodríguez ()

Santa Clara.- Un muchachón entusiasta me preguntó si yo no veo en Cuba nada positivo. Mi primera intención fue responderle con otra pregunta. Bueno, más que intención fue un impulso de decencia, pero me contuve. Más tarde tuve dudas -es bueno tener dudas- y se me ocurrió que podía pedirle una lista de las cosas negativas que, según él, yo le veo a Cuba. Al final decidí no responderle. Quizás por pereza, por aburrimiento, o porque con los años uno aprende a identificar quién merece tu tiempo y quién no lo merece.

Pero ustedes, que me regalan un poquito de su tiempo y empatía, sí merecen un pedazo de mi madrugada para ponernos al día con el tema.

Les cuento.

Con 13 años era amigo de la señora que vendía las papeletas para la tanda especial de las 11 de la noche en el Cine Villa Clara. Se llamaba Olga y era muy delgada. Las películas eran para mayores de 16, pero ella igual me vendía la papeleta. Allí, en ese cine que hace años está rodeado de una valla de metal, vi Museo de cera, SOS Titanic, La mosca de la cabeza blanca, El puente sobre el río Kwai, Doctor Jekyll y Mister Hyde y una docena más que haría esta charla muy extensa.

Cuando salía del cine y tenía dos o tres pesos, pasaba por el coppelia y con 60 centavos me tomaba un Sundae en una mesa impecable. Luego, para regresar a mi pequeñísima casa, me montaba en un taxi Dodge de aquella época con una facilidad que para los jóvenes de hoy podría parecer ciencia ficción. 50 centavos me costaba el viaje. Así de simple.

Los pecados

Si no tenía el dinero, no era un gran problema. Me iba caminando. Aquel país era, por mucho, el país más tranquilo de América. Lo malo -porque sin dudas era malo- era que, por cosas tan simples como fugarte de la escuela y bañarte en un río, te acusaban de tener problemas ideológicos. ¡Y eso era terrible!

Todavía no estabas enterado de qué carajos era «ideología» y ya tenías un problema por eso. Los homosexuales, según un grupo de psicólogos y expertos, tenían problemas ideológicos. Para no aburrirlos, a aquella tranquilidad de parques con gentes, restaurantes y fondas con comida, carreteras con autos, y ferrocarriles con trenes, le pesaba como una montaña el extraordinario control sobre las personas.

Hasta masticar chicle era un pecado ideológico. Para resumir, los analfabetos como yo podíamos hacerlo todo bien, que igual estábamos jodidos. El poco rendimiento académico -siempre fui un burro en matemáticas- era interpretado como una «irresponsabilidad moral ante el estudio.» Del carajo, tropa.

Pero hoy no hablaremos de esas cosas. Quiero que los muchachones entusiastas se enteren de que los carros que traían la leche de los niños venían en la madrugada a las bodegas y allí, en el portal de la tienda, dejaban los litros hasta el amanecer. Quiero que sepan, además, que podías caminar la ciudad en plena noche sin terror a los asaltos.

Tuvimos un Mercado Libre Campesino que brindaba mejores precios y oportunidades que cualquier otra cosa que se haya inventado después. Teníamos un sistema de transporte bastante eficiente. De La Habana hasta Santa Clara salía un ómnibus (colmillo blanco) cada 45 minutos. Si no querías esperar, podías venir en un Ford Falcon que salía de la terminal y que costaba 20 pesos.

Cuando aquello no había bloqueo

La atención médica, incomparable. A nadie se le ocurría recordarte que eras un subsidiado de mierda porque estaba claro que la Revolución se hizo para eso, para liberar, sanar, alimentar y educar a todos los cubanos. Ese fue el escudo de batalla ideológico por muchos años. Éramos un pueblo diferente que iba a crear hombres diferentes. Pero, a la misma vez, comenzamos a vivir en un sistema donde aprendimos a aplaudir ideas con las que no estábamos de acuerdo, y razones que nunca comprendimos en profundidad, y decisiones que se tomaban sin consenso.

No sé hablaba de bloqueo en ese tiempo porque estábamos pegados a la teta de los rusos. Y no nos interesaba pagar la Deuda Externa porque vivíamos a dos cuadras de la sociedad del futuro: el Comunismo. El café sería gratis, prometieron, y la carne, y la leche, y las viandas. Llegaron a expresar en un discurso, «podemos decir que no hay en Cuba ni un solo alcohólico ni una sola prostituta.»

Y yo, que era un muchacho, pero también un jodedor, le decía a mis amigos «tú vas a ver qué en cualquier momento meten preso a mi tío y a mi prima.

«Se luchó contra eso, es verdad (rezagos del capitalismo, decían) pero suponer que exista una sociedad sobre la tierra donde no haya un alcohólico y una prostituta, es un absurdo.Y también aprendimos a odiar a lo americano y a temer a los extranjeros. Recuerdo que cuando se hablaba de los Estados Unidos, siempre se aclaraba que nuestras contradicciones eran con el gobierno de EUA, no con los ciudadanos norteamericanos.

Cuba sigue siendo un país hermoso

Y los ciudadanos norteamericanos lo entendían perfectamente. Podías hablar lo que fuera de los Estados Unidos, que los ciudadanos norteamericanos no se inflaban de valor y salían a la calle gritando y con pancartas para defender el orgullo nacional. No sé si habrán notado que los ciudadanos norteamericanos cuando salen a la calle gritando y con pancartas, es contra su propio gobierno.

Lo hicieron cuando Viet Nam, lo hicieron cuando Tormenta del Desierto, lo hicieron cuando Afganistán e Irak. Lo hacen cuando quieren y la policía tiene la obligación de cuidarlos. Y no, no son apátridas, son gente con derechos constitucionales, gente que ama a su país y a su historia. No sé por qué aquí es tan difícil hacer esa sencilla distinción. Cuba es una cosa, país es una cosa, y gobierno es otra.

Ahora que no hay cines, ni trenes, ni tiendas en cup, ni autos en la carretera, Cuba me parece igual un país hermoso. Cuba es una madre maltratada que siempre será bella. Aquí tuve -y tengo- a los mejores amigos del mundo, aquí tuve a mis hijos, aquí tengo a mi familia y a todo lo que amo: mis libros, mis lugares para pescar, mis pequeños retos, mi gente para reír y para pensar.

Mi problema, mis dudas, mis rabias y mi incomodidad, no es con Cuba. A Cuba todo el mundo la amó, la ama y la amará por siempre.

El gobierno chapucero

La pregunta que el muchachón debió hacerme era otra, pero les gusta mezclar al país con las chapucerías del gobierno, sobre todo, las de los últimos tiempos, que parecen fabricadas en serie en un centro de producción de tres turnos laborales.

Si cometes el error de mezclar lo que es Patria con gobierno, serán felices porque es en lo que han estado trabajado hasta la ruina y el cansancio. Luego, con entusiasmo, podrán decir «los enemigos de Cuba», «los que abandonan Cuba», «los que odian a la patria». Les es más fácil poner trampas para desacreditar, que sembrar un campo de caña o unos cordeles de frijoles.

No, para mí Cuba no tiene nada negativo. Es como una madre enferma que se quiere más y que, a pesar de todo, sigue dando lo poquísimo que tiene. Unos tratan de sanarla, otros, los que negocian y viven de su nombre, le tienen las venas secas y el corazón empeñado. Pero la tierra sabe. Cuba sabe. Y tiene los ojos más abiertos que nunca.

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