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Sarcófagos asegurados: lo único que en Cuba no falta es donde caerse muerto

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- La noticia llega como un bálsamo en medio de la tormenta: Santiago de Cuba, esa provincia que, dicho sea con todo el respeto que merece su historia, produce poco o nada que no sean apagones, colas y desesperación, ha garantizado la producción de sarcófagos.

Sí, han leído bien. Mientras el país entero se desmorona, mientras la comida escasea, la luz brilla por su ausencia y los medicamentos son una quimera, la Fábrica de Sarcófagos de Santiago de Cuba mantiene su operatividad. Es casi poético: en un lugar donde la vida se apaga a toda prisa, al menos la muerte está bien atendida.

La nota del 17 de febrero del periódico Sierra Maestra, con una solemnidad que rozaría lo cómico si no fuera trágico, nos informa de que los trabajadores de esta fábrica han sido acreedores de la bandera Proeza Laboral. Un reconocimiento, sin duda, merecidísimo. Porque mientras el resto de la industria cubana se cae a pedazos, estos operarios, con jornadas extendidas y seguramente con el estómago vacío, se afanan en producir ataúdes. Más de un millar al mes, dicen. Y uno piensa: ¿será porque la demanda ha aumentado? ¿Será por la crisis sanitaria, la desnutrición, la falta de medicinas? Mejor no responder, no sea que la respuesta sea demasiado obvia.

Eso sí, no todo es perfecto. La administradora, Yanurkis Villalón Ramírez, con una sinceridad que honra su cargo, admite que hay «irregularidades» con las puntillas. Cinco medidas necesitan los sarcófagos, y a veces no están todas. Pero tranquilos, que eso no determina la prestación del servicio. Es decir, el ataúd puede llegar con algún defectillo, pero al muerto se lo llevan igual. Al fin y al cabo, el cliente —valga la ironía— no se va a quejar.

De vivos y muertos…

Lo más fascinante del asunto es el contexto: «con el respaldo de combustibles y medios de transporte», asegura el artículo. Claro, porque en Cuba el combustible es un lujo reservado para lo esencial: recoger basura, llevar enfermos al hospital, transportar alimentos… y, por supuesto, distribuir sarcófagos. Porque si de algo puede presumir este país es de tener las prioridades claras. Mientras los vivos se las arreglan como pueden para sobrevivir, los muertos tienen su transporte garantizado.

Y para rematar, el acto de entrega de la bandera Proeza Laboral, presidido por una miembro del Buró Ejecutivo del Partido, Zaida Correa Gutiérrez. Uno se imagina la escena: discursos encendidos, aplausos, reconocimientos, y detrás, las colas interminables por un cartón de huevos, los hospitales sin anestesia, las casas a oscuras. Pero eso no importa. Lo importante es que la producción de sarcófagos está asegurada. Al fin y al cabo, como reza el refrán adaptado a la cubanía: «muerto el perro, se acabó la rabia». Y en Cuba, al menos, los perros —nunca mejor dicho— tendrán su caja.

Así que, queridos lectores, si alguna vez se preguntan qué funciona en Cuba, ya tienen la respuesta. La Fábrica de Sarcófagos de Santiago de Cuba es un ejemplo de eficiencia, constancia y dedicación. Un modelo a seguir. Ojalá el resto de la economía aprendiera de ellos. Mientras tanto, los vivos, a seguir esperando. Los muertos, al menos, descansarán en paz. O en una caja fabricada con puntillas irregulares, pero al fin y al cabo, descansarán.

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