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Por JOrge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Hay una verdad que ustedes se niegan a mirar: el éxito, sin dignidad no vale nada. Sin embargo, los comunistas cubanos de ocasión viven como si esa frase no existiera. Han vendido el alma por un carnet, por un puestecito, por un viaje, por una bolsa de comida, por un privilegio miserable. Cambiaron la dignidad por obediencia, confundieron disciplina con servilismo y lealtad con miedo. Y lo peor: hicieron de la humillación un hábito.

No se trata solo del desastre económico —que ya es vergonzoso—, sino del derrumbe moral. Un país puede reconstruirse, pero un pueblo al que le rompen el carácter, le deforman la conciencia y le enseñan a mentir para sobrevivir queda marcado por generaciones. Ustedes han sido parte activa de esa maquinaria: la sostienen, la justifican y la aplauden, incluso cuando les escupe en la cara.

Hay una categoría todavía más baja: el oportunista, el que escala a costa de todo. Ese que no tiene principios, sino cálculo; que no tiene ideas, sino conveniencia; que no tiene patria, sino agenda personal. Los hay por montones: arribistas que se trepan sobre el hambre ajena, soplones que venden vecinos por una palmada, intrigantes que destruyen al más digno para abrirse paso, burócratas que no producen nada, pero controlan todo, delatores que confunden maldad con “fidelidad”. Gente sin tripas, sin pudor, sin alma. Gente que no mirar atrás porque si mirara, se vería arrastrándose.

¿Y cuándo despierten…?

Y entonces viene la gran pregunta: ¿qué han ganado? Les hicieron creer que “triunfan”, pero el éxito que obtienen es un éxito podrido: sin honor, sin respeto, sin historia limpia. Han ganado migajas mientras el país se hunde. Han ganado cargos mientras el pueblo envejece en la miseria. Han ganado privilegios mientras el futuro se fuga por el mar.

Y cuando despierten —porque un día despiertan todos—, cuando el ultraje se les haga insoportable, cuando el miedo ya no alcance para tapar la vergüenza, cuando el régimen que hoy los usa mañana los deseche, entonces les pregunto: ¿les quedará la dignidad? No, porque la entregaron.

¿Les quedará el respeto de sus hijos? No, porque sabrán que ustedes fueron parte del abuso. ¿Les quedará la gratitud del pueblo? No, porque el pueblo no agradece al carcelero. ¿Les quedará una memoria limpia? No, porque su memoria estará llena de silencios cobardes. ¿Les quedará la paz? Tampoco, porque la conciencia —aunque la hayan dormido— siempre cobra.

Cuando ya no haya consignas, cuando ya no haya cargos, cuando ya no haya “orientaciones”, cuando ya no haya poder para esconderse detrás… ¿qué les queda?

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