
Cuba, donde inventar es una obligación
Por Jorge Sotero
La Habana.- Hasta hace un par de décadas existía en Cuba un movimiento destinado a recuperar algunas cosas y a crear otras con la intención de evitar importaciones. Confieso que no recuerdo el nombre, pero sí que le daban bombo en los medios de prensa y los que resultaban ganadores a nivel nacional, solían ganarse un auto, ya fuera Lada, Fiat Polski o Moskvich.
Si en tu empresa descubrías un hueco en la manguera plástica que llevaba el agua del tanque a la pila del pantry, y le ponías un trozo de tape, el jefe te pedía que hicieras un expediente y presentaras aquello en el foro, con ponencia incluida. Tenías que decir cuánto le ahorraba aquello a la empresa o al resto del país. Había innovaciones que se presentaban año tras año, porque cada empresa o institución tenía la obligación de presentar alguna idea, porque si no lo hacía, no ganaba nada en la emulación.

Cuando el jurado le preguntó por qué se refería a tanto dinero, sacó un documento donde, entre otras cosas, informaba sobre la cantidad de esos vehículos que tenía ETECSA, y cuánto costaría reponerlos sino aparecía su invención para mantenerlos caminando. Cuando terminó de hablar, unos se miraron asombrados, y otros -los estúpidos de siempre- aplaudieron emocionados y casi gritan ‘Pase de oro’, como hacen en esos shows de tv donde concursan personas con capacidad para generar incredulidad.
Esos movimientos de invenciones y piezas de repuesto desaparecieron, pero no la capacidad del cubano de sobreponerse a la crisis extrema que remueve todos los estamentos del país, desde el hogar hasta los hospitales, desde las escuelas hasta las universidades.
Los ortopédicos, ante la escasez total de yeso, usan cartón de caja o madera para inmovilizar a las personas que han sufrido fracturas en sus extremidades. Los enfermeros reutilizan las jeringas desechables. Los panaderos hacen pan sin aceite y con solo la mitad de la harina establecida. Las personas van al trabajo a pie, aunque tengan que caminar cuatro o cinco kilómetros a pesar del calor implacable de Cuba.

Cada cubano podría escribir un tratado sobre cómo vivir un mes con un salario que solo daría para unos tres días, solo para comida. Y un padre cubano ganaría un premio si lograra explicar cómo puede, con lo que gana en una empresa, comprar un par de zapatos para sus hijos pequeños que van a la primaria.
Y si Alejandro Gil, por ejemplo, logrará explicar coherentemente las bondades del reordenamiento económico y las supuestas bondades que aportaría a la población cubana, se le podría dar fácil el Nobel de Economía. Y creo que sería justo, porque hay cosas que son inexplicables.

Y como aquellos festivales no solo eran de piezas de repuesto, sino de racionalizadores, sería justo premiar al que diseñó la canasta básica, con cinco o seis productos al mes, en cantidades limitadas, y pensó que con eso se podía vivir.
En fin, si se usa cartón como yeso, scotch por esparadrapo, si algunos locos hacen gasolina de pomos plásticos, y la gente sobrevive sin comida, también se podrían presentar en el foro ponencias sobre cómo dirigir un país sin coeficiente intelectual, o sobre lo que es necesario hacer para mantener estilizado al primer ministro Manuel Marrero.
Cuba es el país del invento, y a mí ya nada me asombra, incluso que un día nos digan que tenemos que vivir sin comer, algo que ya alguno de la alta dirección debe haber pensado.






