
La justicia del machete: cuando el pueblo toma la ley por su mano
Por Yoelbis Albelo ()
Matanzas.- La violencia en Cuba ya no es noticia, es paisaje. Cada día, las redes sociales se llenan de imágenes de robos, asaltos y asesinatos que la policía no puede o no quiere evitar. Pero cuando la inoperancia del Estado se convierte en norma, el pueblo decide tomar la justicia por su propia mano. El ejemplo más reciente ocurrió en Colón, Matanzas, donde un joven de 19 años, sorprendido robando aguacates, perdió su mano izquierda amputada por un machetazo. Yaniel no agredió a nadie, solo robaba frutas. Pero su castigo fue más severo que el que reciben muchos delincuentes de cuello blanco en este país.
El caso de Yaniel es el síntoma de un sistema que ha abandonado a su pueblo. Mientras la policía se da publicidad recuperando un ventilador o dos calderos en Manicaragua, los cubanos viven atrapados entre la delincuencia desbordada y la impunidad de los que deberían protegerlos. Los ladrones saben que pueden actuar sin miedo porque la PNR no está para detenerlos, sino para custodiar los lugares donde el pueblo protesta y para perseguir a los que escriben letreros contra el gobierno. La tranquilidad ciudadana es un concepto que el régimen reserva solo para sus barrios exclusivos.
La amputación de la mano de Yaniel no es un hecho aislado, es la consecuencia de un Estado fallido que ha convertido la supervivencia en una lucha diaria. Cuando la gente no tiene acceso a alimentos, ni a trabajo, ni a esperanza, el robo de unos aguacates se convierte en un acto desesperado. Pero la respuesta de la comunidad, cortando una mano con un machete, revela el nivel de descomposición social al que hemos llegado. Es la justicia del desesperado, la justicia del que ya no confía en ninguna autoridad.
La pérdida de fe en las instituciones
El gobierno cubano prefiere gastar recursos en viajes internacionales, en hoteles para extranjeros y en operativos para silenciar a los críticos, antes que en garantizar la seguridad de su propio pueblo. Hay combustible para mover los carros de los dirigentes, pero no para que los policías patrullen las calles. Hay efectivos para vigilar las esquinas donde se pegan carteles contra el régimen, o el teatro de la Universidad Central de Las Villas, pero no para detener a los asaltantes que aterrorizan a los barrios. La prioridad del castrismo no es proteger vidas, es proteger su poder.
Y mientras el régimen se lava las manos, el pueblo se ve obligado a hacer lo que el Estado no hace: defenderse. Pero la autodefensa no es una solución, es un síntoma de que el tejido social se está desgarrando. Cada vez que un ciudadano toma un machete para hacer justicia, está confesando que ha perdido la fe en las instituciones. Y esa pérdida de fe es el verdadero crimen del castrismo: haber convertido a los cubanos en jueces, verdugos y víctimas de una misma tragedia.
¿Hasta cuándo tendrá que esperar el pueblo para que el gobierno cumpla con su deber más elemental? ¿Hasta cuándo los cubanos seguirán viendo cómo los robos y asesinatos aumentan mientras los policías cuidan los palacios del poder? La mano amputada de Yaniel no es solo la de un joven que robó aguacates: es la mano de una sociedad que se corta a sí misma porque el Estado le ha negado la protección más básica. Y mientras el régimen siga mirando hacia otro lado, la violencia no hará más que crecer, alimentada por la desesperación y la impunidad. Porque en Cuba, la justicia no está en los tribunales, está en el filo de un machete.



















