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Por Yanetsy Pino ()

Atlanta.- Dice Rafael de Águila, uno de los mejores escritores cubanos que conozco: “Un escritor no es los homenajes que le hacen, ni los libros que le publican, ni las Ferias a las que va, ni los Premios que obtiene, ni los títulos honoríficos que le adjudican, ni el dinero que le pagan, ni los viajes a los que lo invitan. Un escritor solo escribe. El resto es extra literario. Eso y su honor. Su ética. Ese dúo está por encima de su literatura. El ser humano, y no el escritor, tiene todas las prioridades.”

Y tiene razón.

El escritor que escribe pensando en el aplauso ya ha empezado a dictar su propia muerte. Cuando el ojo no se posa en la precisión de la palabra sino en la mirada del jurado, la literatura deja de ser un destino para volverse una estrategia. Se escribe entonces para la foto, para la reseña complaciente, para gustarle a la sensibilidad de ferias y eventos.

Es el triunfo de la pompa sobre la forma, del empaque sobre la sustancia: una carrera por acumular aplausos que no son más que ruido blanco, ecos de un público que olvida al autor en cuanto apaga la luz de la sala.

En el 2007 publiqué por primera vez un libro, como resultado de un premio. Luego vinieron más, hasta que en 2018 uno de mis libros fue laureado con un premio de alcance internacional: el Casa de las Américas. Esa experiencia y lo que vino después me mostraron muchas cosas. Una de ellas es que la seducción del oropel puede ser devastadora. Y opera como un veneno sutil.

La vanidad y el privilegio de la jaula

Si te dejas sacudir por la vanidad, terminas convirtiéndote en tu caricatura, en un personaje secundario que acude a recepciones a hablar de libros que ya no tiene tiempo de escribir, o moldeando la impostura y componiendo églogas al mismo tirano que te otorga, como una limosna, el privilegio de la jaula.

Nunca confundí la resonancia con la posteridad. Pero eso es algo que no siempre todos lo comprenden. La vanidad es el peor de todos los males: el ego a veces se comporta como una disciplina que suele cortejar a la literatura pero jamás la fecunda.

Ser humano es la verdadera obra difícil. La historia está llena de prosas encandilantes que habitaron hombres controversiales: la brillantez ciega de Céline no logró mitigar la tiniebla de su vileza; y la elegancia de Pound quedó atrapada en la miseria moral de sus dogmas.

El talento es a veces un accidente de la sintaxis, una gracia que puede convivir con la cobardía o la falta de ética. Por eso, cuando los aplausos se apaguen, los estantes se llenen de polvo y las páginas se vuelvan amarillas, lo que salvará o condenará a un ser humano no será el virtuosismo de su adjetivo, sino el peso exacto de su dignidad.

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