
El día que la espada mintió: la maldición del D’Artagnan soviético
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Montreal, 1976. Mientras el mundo enmudecía ante la perfección de una niña rumana que arañaba el cielo con sus diez perfectos, el destino ya estaba escribiendo, en la penumbra de un pabellón de esgrima, la página más negra del olimpismo. Al día siguiente de que Nadia Comaneci se convirtiera en inmortal, un héroe de la Unión Soviética, condecorado y temido, estaba a punto de precipitarse al abismo. Boris Onishchenko, el zurdo de Kiev, el hombre que había hecho de la espada una extensión de su voluntad, no sabía que su nombre dejaría de ser sinónimo de gloria para convertirse en el mayor anatema del deporte. Porque el deporte, como la vida, a veces se viste de teatro, y aquel 19 de julio, el telón se levantó para una tragedia.
En el pentatlón moderno, donde el guerrero debía domar al caballo, domar el agua y domar el pólvora, la esgrima era su reino. Onishchenko manejaba el acero como Dumas habría escrito para su D’Artagnan, con una destreza que rayaba lo sobrenatural. Las reglas eran simples y brutales: un toque, un punto, y si no había nada, la derrota. Pero en ese cosmos de circuitos eléctricos y cables corporales, donde la tecnología había venido a sustituir al honor de los antiguos mosqueteros, el soviético había encontrado un resquicio. Nadie, ni siquiera Woody Allen en su mejor guion de azar y desgracia, habría podido imaginar que el arma del campeón llevaba un secreto oculto bajo la gamuza, un secreto que cambiaría la historia.
La artimaña era tan brillante como ruin. Su empuñadura no solo guardaba la hoja, sino el pecado: un botón diminuto, un sistema de cableado digno de un relojero suizo, que cerraba el circuito sin necesidad de tocar al rival. Bastaba un leve gesto de sus dedos anular y meñique para encender la luz. Ante los británicos, la farsa se mantuvo un acto. Pero contra Jim Fox, el militar inglés, la suerte, esa que tan escurridiza resulta en el deporte, le jugó la mala pasada. En un lance, la espada de Onishchenko apuntaba al cielo de Montreal, su mirada era la de un halcón, y sin embargo, la máquina cantó victoria para el soviético. Era el momento exacto en el que la verdad se encendía como una luz roja. Fox no tuvo dudas: era físicamente imposible. Era como si una varita mágica hubiera dictado sentencia.

El olvido total
El descubrimiento fue tan fulminante como la deshonra. Los jueces desgarraron la empuñadura y hallaron el artilugio, la pistola humeante junto al cadáver de la ética olímpica. La excusa de Onishchenko, que aquella no era su espada, se estrelló contra la realidad más cruel y obvia: era el único zurdo del equipo.
El azar, ese mismo que a veces corona a los héroes, se convirtió en su verdugo. “Lo siento, lo siento”, balbuceó con lágrimas en los ojos, un espectro de la gloria que había sido, mientras se desvanecía entre la muchedumbre. Su país, la poderosa URSS, no le perdonó la humillación. El ascenso a teniente coronel y el cargo administrativo que ya saboreaba se convirtieron en el destierro más absoluto.
El castigo del imperio fue tan duro como su caída en desgracia. El propio Brezhnev le arrancó las condecoraciones y le expulsó del Ejército Rojo, despojándole de una vida de honores y medallas. La multa de 5.000 rublos era una burla para quien había sido un ídolo, pero el exilio de su nombre fue la peor de las condenas.
Se le perdió la pista, se dijo que conducía un taxi en las calles anónimas de alguna ciudad olvidada, o que su destino fueron las minas de sal de Siberia, un final de novela negra para un D’Artagnan que cambió la espada por el frío y el silencio. De aquel deportista brillante solo queda el eco de su trampa, un recordatorio de que en el olimpismo, como en la ficción, la línea entre el genio y el infame es a veces tan fina como el filo de una espada.






