Las Termópilas que nadie recuerda

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Uno habla de resistencia hasta el último hombre y enseguida le viene a la cabeza Leonidas, los trescientos espartanos y esas películas donde los malos llevan máscaras raras. Pues mire usted: dos mil años después, en el mismo Mediterráneo de mierda que siempre fue campo de batalla, pasó algo calcado. Y lo curioso es que casi nadie lo sabe. Porque la historia militar la escriben los que ganan, pero también los que tienen mejor prensa.

Año 1539. El Mediterráneo no era un crucero de jubilados, sino una autopista de sangre donde el Imperio español y el Imperio otomano se daban de hostias por cada puerto. Barbarroja, el corsario más temido de la época, almirante de Solimán el Magnífico, puso sus ojos en Castelnuovo, una fortaleza en la actual Montenegro. Los españoles la habían tomado meses antes, pero sus aliados venecianos, por celos diplomáticos, levantaron el campamento y dejaron tirados a unos 3.500 soldados del Tercio de Sarmiento. Solos. En territorio hostil. Vendidos.

La oferta rechazada

Barbarroja se plantó con cuarenta mil hombres y una flota imponente. Ellos eran unos pocos miles, con hambre y sin esperanza de rescate. El corsario, que era listo, les ofreció una salida digna: que se fueran a España con sus armas, sus banderas y veinte ducados por barba. Oferta razonable.

La respuesta de Sarmiento fue cualquier cosa menos razonable: «Que viniesen cuando quisiesen». No fue romanticismo ni testosterona. Era pura ordenanza militar: rendir una plaza sin haber agotado la defensa se pagaba con la muerte y la deshonra familiar. Además, Barbarroja tenía fama de incumplir lo prometido. Entre morir de rodillas o vender la piel, eligieron lo segundo.

La batalla

Durante semanas, la artillería otomana machacó las murallas. Cada brecha era un cuerpo a cuerpo a pica y arcabuz. Los españoles recuperaban de noche lo que perdían de día. Hambrientos, heridos, sabiendo que ningún refuerzo llegaría. Cuando las murallas fueron polvo y la guarnición una sombra, Barbarroja ordenó el asalto final. Los últimos defensores lucharon calle por calle, casa por casa. Sarmiento murió combatiendo entre las ruinas. Los otomanos tomaron la plaza, pero pagaron casi la mitad de su ejército. Al mismísimo Barbarroja le tembló el pulso.

Y aquí viene lo que nadie cuenta. Unos pocos cientos de supervivientes heridos fueron encadenados a los remos de las galeras otomanas. Seis años después, veinticinco de ellos burlaron la seguridad de Constantinopla, mataron a sus guardianes, robaron una galeota y regresaron a España. Por eso llaman a Castelnuovo las «Termópilas españolas». Porque la disciplina, el miedo a la deshonra y un pragmatismo llevado al extremo pueden convencer a unos hombres de que resistir tiene sentido aunque las probabilidades sean una mierda. Esa es la historia. Que nadie le venda otra.

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