
El hombre que flotó 10.800 kilómetros
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Durante 438 días, José Salvador Alvarenga no tuvo delante de sus ojos más que agua, cielo y una línea de horizonte que parecía no conducir a ninguna parte. Cuando finalmente volvió a pisar tierra, había recorrido cerca de 10.800 kilómetros a la deriva por el océano Pacífico. Había protagonizado una de las supervivencias marítimas más extraordinarias de las que se tiene registro. No era un héroe ni un náufrago de película. Era un pescador salvadoreño que un día salió a faenar y se encontró con el infinito.
El 17 de noviembre de 2012, Alvarenga zarpó desde Costa Azul, en el estado de Chiapas, acompañado por Ezequiel Córdoba. Debía ser una jornada de pesca de poco más de un día, pero una fuerte tormenta los sorprendió lejos de la costa. La embarcación era una pequeña lancha abierta de fibra de vidrio, de unos siete metros, sin cabina ni protección.
El temporal dañó el motor y los equipos de comunicación. Antes de que la radio dejara de funcionar, Alvarenga informó que estaban en problemas, pero el mal tiempo dificultó las operaciones de búsqueda. La lancha fue dada por perdida. Las corrientes comenzaron a empujarla hacia el interior del océano, alejándola cada día un poco más de México.
Sobrevivir y mantenerse cuerdo
Los alimentos desaparecieron rápidamente. Sin anzuelos ni provisiones, aprendieron a capturar con las manos peces, tortugas y aves marinas. Recogían agua de lluvia en recipientes improvisados. Durante los periodos secos, recurrían a la sangre de las tortugas y, en situaciones extremas, a su propia orina. La pequeña caja donde antes guardaban el pescado se convirtió en el único refugio contra el sol, el viento y las tormentas. El hambre no fue el único enemigo. La soledad, el miedo y la incertidumbre comenzaron a desgastarlos. Córdoba enfermó y, después de varios meses, murió en la embarcación, dejando a Alvarenga completamente solo en una extensión de agua que parecía no tener límites.
Desde entonces, sobrevivir significó también conservar la cordura. Alvarenga intentaba calcular el paso del tiempo observando las fases de la Luna. Vio barcos a la distancia y agitó los brazos con desesperación, pero ninguno advirtió la presencia de aquella diminuta lancha. También atravesó periodos de desesperanza, habló en voz alta para combatir el silencio e imaginó conversaciones con personas que conocía. Aun así, continuó buscando alimento, almacenando agua y esperando una posibilidad que durante meses no apareció.
Las reglas del océano
Después de contar quince ciclos lunares, divisó algo diferente en el horizonte. El 30 de enero de 2014 abandonó la lancha y llegó hasta Tile, un pequeño islote del atolón de Ebon, en las Islas Marshall. Había partido desde México y aparecía ahora al otro lado del Pacífico, barbudo, debilitado y hablando un idioma que los habitantes del lugar no comprendían.
Su historia despertó dudas. Parecía difícil aceptar que un ser humano pudiera permanecer más de un año en una embarcación abierta y sobrevivir con los recursos disponibles en el mar. Sin embargo, funcionarios mexicanos confirmaron que dos pescadores habían desaparecido en la fecha señalada, y un estudio de la Universidad de Hawái reconstruyó el posible recorrido de la lancha mediante datos de vientos y corrientes.
Las simulaciones mostraron que una embarcación salida de la costa de México podía aproximarse al atolón de Ebon durante aquel periodo. José Salvador Alvarenga no venció al océano. Durante 438 días apenas consiguió adaptarse a sus reglas, alimentarse con lo que encontraba y resistir un día más. Cuando alcanzó aquella isla, llevaba consigo muy pocas certezas, pero había conservado la más importante: mientras pudiera seguir respirando, su historia todavía no había terminado.






