El orden de la injusticia: cuando el poder en Cuba se convierte en oligarquía

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Por René Fidel González ()

Santiago de Cuba.- No es solo que el Gobierno legisle y actúe para la minoría. No es solo que diseñe una sociedad a su medida. Es que está creando un orden económico, social y político entero, hecho para que la minoría triunfe a costa de la mayoría en Cuba, hecho para que la mayoría pierda, como está perdiendo.

Esto no es simplemente una opinión, es una constatación. Nosotros, la mayoría, estamos perdiendo en Cuba. Una inmensa mayoría de niños, ancianos, mujeres, negros, jubilados, enfermos y jóvenes está siendo acorralada por un nuevo orden que ni siquiera entienden, pero que tampoco los ve a ellos, a sus rostros, a sus historias y sueños, a sus angustias, a todo aquello que es su humanidad. Un nuevo orden despiadado que ve al país y a su gente como una zona libre de extracción de ganancias, a la que expoliar infinitamente, salvajemente. Para ello no son ciudadanos, pero tampoco consumidores.

El Gobierno ya no gobierna para todos. Ejerce cada vez menos como Gobierno y lo hace cada vez más como oligarquía. Por eso nos excluyen. Por eso nos privan del derecho a la igualdad política. El día que nos la ofrezcan, llegará vacía de significado, desarmada, inofensiva contra sus intereses, un otero de nuestra impotencia.

Hasta ahora, la injusticia fue un resultado cíclico y casual del poder en Cuba. Lo que avanza, lo que quiere ser, es el poder de la injusticia. Era un Estado de Derecho lo que soñamos y nos merecíamos, lo que nos merecemos: no un Estado de Injusticias. Eran derechos y libertades, las garantías económicas, institucionales y jurídicas para el ejercicio sereno y armonioso de los derechos y las libertades en Cuba, no su parálisis, no su oscurecimiento y posposición, no la prestidigitación de sus efectos y alcances, su corrupción a manos de quienes debían defenderlos, no que fueran convertidos en mercados.

¿Y los derechos…?

¿Qué hicieron con el derecho a la alimentación? ¿Con la seguridad alimentaria? ¿Con el derecho a las medicinas? ¿Qué piensan hacer, canallas, con el derecho a la salud, al agua, a la vivienda, a una vida digna y hermosa en nuestra única vida? ¿Qué hicieron con nuestro derecho al futuro? Cancelarlo. Aquí, ahora, en Cuba.

Nadie espere profetas ni mesías. No existen, tampoco los necesitamos. No hay nada que esperar, salvo nombrar e intentar cambiar lo inadmisible. Hoy un amigo joven y valiente recordó a Nicanor Parra cuando dijo: «He preguntado no sé cuántas veces, pero nadie contesta mis preguntas. Es absolutamente necesario que el abismo responda de una vez, porque ya va quedando poco tiempo».

Ayer una amiga me preguntaba: «Cuando dices «Seguimos», ¿puedes decirnos cómo?». Le respondí, le escribí otras cuestiones, pero rescato aquí algo que une la advertencia que hizo uno y la esperanza que invocó la otra: «Hay que seguir. ¿O qué? ¿Detenernos aquí? ¿Irnos? Yo creo en nosotros y en nuestra fuerza para cambiar y hacer prevalecer nuestras ideas. Parece muy poco, pero cuando nos reprimen es porque no lo es; cuando sentimos miedo por lo mínimo que podemos hacer, decir o escribir, es porque no lo es. Eso es seguir».

Tenemos que empezar a responder nuestras propias preguntas y dejar de esperar. El abismo que se está abriendo y es cada vez más profundo en Cuba no está para ofrecernos a nosotros, la mayoría, respuestas, ni siquiera para que no nos las hagamos. Existe, precisamente, para que no las podamos responder. Tenemos que seguir, nosotros, la mayoría, los excluidos.

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