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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Hace días que Trump no abre la boca sobre Cuba. Marco Rubio, el más fustigador del castrismo, está más callado que una tumba. Y los aviones espías, esos que zumbaban sobre la isla como moscas en un basurero, han desaparecido del radar. ¿Casualidad? En política no hay casualidades. Hay silencios calculados, movimientos tácticos y un tablero que se mueve sin que nosotros, los de abajo, veamos las fichas. Algo huele a podrido, y no es solo el régimen de los Castro.

¿Por qué se han ido los drones? ¿Porque ya tienen toda la información que necesitan? ¿Porque el Comando Sur ya completó su trabajo de inteligencia y sabe que el siguiente paso no es sobrevolar, sino aterrizar? Esa es la pregunta que nadie hace, pero que todos los cubanos nos hacemos en voz baja. Los portaviones no se mueven porque ya no necesitan amenazar: ya conocen el terreno, ya saben las debilidades, ya tienen el mapa del enemigo. El silencio militar no es inactividad, es preparación.

Y mientras tanto, Trump y Rubio no hablan. ¿Por qué? Porque el silencio también es una estrategia. No se alerta al adversario de lo que viene. No se le da tiempo para rearmarse ni para esconder los dineros. El castrismo, que lleva décadas especulando con el miedo, ahora se enfrenta a su propia moneda: la incertidumbre. Porque no saber qué va a pasar es peor que saber que te van a golpear. Y Trump, que es un maestro del arte de la duda, está dejando que el régimen se retuerza en su propia ansiedad.

Ojo con el silencio

Pero hay otra posibilidad, más turbia: que el nieto de Raúl Castro, el famoso «Cangrejo», esté negociando a escondidas. ¿Está ganando tiempo para su familia? ¿Está moviendo los dineros, asegurando la salida de los suyos mientras el barco se hunde? No sería la primera vez que los Castro protegen su patrimonio antes que el pueblo. Y si el castrismo ha prometido algo a Washington, no es para salvar a Cuba, es para salvar sus cuentas. Porque en este régimen, la patria siempre ha sido el bolsillo.

¿Acaso el silencio de Rubio es para no levantar la paloma? ¿Para que sea Trump, y no su secretario de Estado, quien dé el golpe definitivo? Esa es la jugada maestra: dejar que el presidente sea el que anuncie, el que decida, el que se lleve el crédito. Rubio sabe que su momento llegará después. Pero mientras tanto, el silencio es oro. Porque si hablan antes de tiempo, el régimen puede reaccionar, puede pedir ayuda a sus socios, puede montar un circo internacional. El silencio, en cambio, los desarma.

Así que no se confundan: el silencio no es olvido. Es el preludio del trueno. Trump sabe que todo depende de él. Y está esperando el momento justo, el instante en que el castrismo esté más débil, más dividido, más desesperado. Porque cuando el silencio se rompa, no será con palabras, sino con hechos. Y entonces, los cubanos que han sufrido durante sesenta años, los que han visto cómo su país se convertía en un escombro, podrán decir: «Por fin». El silencio de hoy es la semilla de la libertad de mañana.

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