
El 11J, el levantamiento más grande en la historia de Cuba
Por Max Astudillo ()
La Habana.- La historia de Cuba está hecha de gritos. Unos más simbólicos que otros, unos más masivos que el resto, pero todos marcados por la misma necesidad: sacudirse el yugo de encima.
El 10 de octubre de 1868, Carlos Manuel de Céspedes, un hacendado con bigote refinado y conciencia, liberó a sus esclavos en La Demajagua y lanzó el grito de independencia. Fue un acto de una grandeza moral incuestionable, pero también un gesto casi solitario: apenas un puñado de hombres junto a él. La llama prendió después, claro, y de allí salieron héroes como Agramonte, Maceo y Gómez, pero aquel 10 de octubre fue más un símbolo que una insurrección. Un símbolo que pesó más que las balas.

Luego vino el 24 de febrero de 1895, el alzamiento organizado por José Martí, más extenso, más pensado, pero también concentrado en el oriente de la isla. Fue el segundo grito, el que terminó con la intervención de Estados Unidos y el nacimiento de la primera república, en 1902, con Tomás Estrada Palma en la silla presidencial. Pero la independencia verdadera, la que soñaron los mambises, pronto se convirtió en otra cosa: una república mediatizada, tutelada y, finalmente, traicionada por los mismos que decían defenderla.
El Moncada, el Granma y la miseria disfrazada de revolución
Y entonces llegó Fidel Castro. El 26 de julio de 1953, con un puñado de valientes, asaltó el Cuartel Moncada. Fue un fracaso militar estrepitoso, un desastre que el propio Fidel reconoció como una derrota en terreno que conocía como la palma de su mano. Pero la cobardía del máximo jefe, que adujo después que se había perdido el rumbo, y la resistencia del ejército de Batista convirtieron aquella derrota en mito. Luego, el desembarco del Granma y la guerra irregular en la Sierra Maestra terminaron con Batista, pero también con la república. Porque lo que vino después no fue libertad: fue la instauración del comunismo, la familia Castro y sesenta años de miseria disfrazada de revolución.

Desde entonces, Cuba no había vuelto a alzarse. No hubo un grito colectivo que sacudiera al régimen, no hubo una rebelión que uniera al pueblo en las calles. Hasta que llegó el 11 de julio de 2021. Ese día, cientos de miles de cubanos, en todas las provincias, en cada municipio, en cada esquina de la isla, salieron a gritar «libertad». No fue un alzamiento simbólico ni localizado. Fue una erupción volcánica que recorrió el país entero, sin líderes visibles, sin partidos, sin otra bandera que la de la desesperación. El 11J no fue el grito de un hacendado ni la proclama de un intelectual: fue el rugido de un pueblo que ya no podía más.
La respuesta del régimen fue la que cabe esperar de una dictadura: represión sin piedad, palos, gas, encarcelamientos masivos y un exilio forzado que ha vaciado de jóvenes la isla. Más de 1.200 presos políticos, miles de familias rotas, y un gobierno que, en lugar de escuchar, redobló la censura y la persecución. Pero aquel 11 de julio, a diferencia de otros intentos fallidos, demostró algo que los Castro no pueden comprar ni fusilar: la conciencia de un pueblo que sabe que el cambio es posible y que está dispuesto a pagar el precio.
El espíritu del 11J sigue vivo
Hoy, cinco años después, la miseria no ha hecho más que agravarse. La isla se muere de hambre, de apagones, de falta de medicinas, de la corrupción más descarada y de una mentira institucional que ya no engaña a nadie. Los Castro llevaron a Cuba a la ruina más absoluta, convirtiendo el sueño de una república próspera en un campo de concentración a cielo abierto. Y sin embargo, el espíritu del 11J sigue vivo en cada cubano que resiste, en cada madre que hace cola para dar de comer a sus hijos, en cada joven que sueña con un futuro lejos de la tiranía.

El 11 de julio de 2021 fue el alzamiento más grande de la historia de Cuba, no por su simbolismo, sino por su magnitud. No hubo un Céspedes ni un Martí, pero hubo millones de cubanos que, sin armas ni uniformes, se enfrentaron a la dictadura con la única arma que les queda: la dignidad. El intento de derrocar al régimen fracasó, como fracasaron otros antes. Pero la libertad definitiva, esa que tanto han anhelado los cubanos, está cada vez más cerca.
Porque los pueblos que se alzan una vez, se alzan siempre. Y el 11J no fue un final, fue un comienzo. Un comienzo que, tarde o temprano, terminará con la tiranía y devolverá a Cuba el lugar que nunca debió perder: el de una nación libre, soberana y en paz. No sé cuándo, pero sé que será. Y mientras tanto, el pueblo cubano sigue en pie, recordando que el grito del 11 de julio no se apagó con la represión, sino que se multiplicó en cada rincón de la isla y en cada exiliado que espera su regreso. La libertad es cuestión de tiempo, y el tiempo está del lado de los valientes.






