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Por Julia Elena Jareno Varcarcel ()

El reloj sigue corriendo. Y en Cuba, cada minuto parece pesar más. Apagones. Hambre. Enfermedades. Violencia. Familias haciendo malabares para conseguir lo básico. Y un pueblo que lleva demasiado tiempo sobreviviendo en lugar de viviendo.

Ayer comenzó otro curso escolar. Las imágenes oficiales muestran ceremonias, banderas, niños uniformados y discursos sobre “conquistas”. Pero las redes muestran otra Cuba: niños preparándose para ir a clases a oscuras durante los apagones, familias buscando uniformes que apenas alcanzan para una fracción de los estudiantes y escuelas que comienzan con apenas el 73 % de cobertura docente. Y ahí está precisamente la contradicción que ya resulta imposible esconder.

Puedes organizar un acto, poner una bandera, encender las cámaras y declarar que el curso escolar comenzó. Pero no puedes maquillar indefinidamente una realidad que millones viven todos los días.

Porque mientras algunos intentan vender la imagen de una normalidad que ya no existe, el tiempo pasa. Los niños crecen. Los jóvenes se van. Los ancianos mueren. Las familias se desgastan. Y cada apagón, cada enfermedad sin recursos, cada plato que falta y cada vida que se apaga va dejando otra grieta en ese discurso oficial.

Ya no se trata de convencer a nadie de que Cuba tiene problemas. El problema es que el sistema lleva décadas prometiendo un futuro que nunca llega, mientras el presente se desmorona delante de los ojos de todos.

Y esta vez las redes no están dejando espacio para el maquillaje. ¡La realidad habla demasiado alto!

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