¿Es Anna Bensi una fundamentalista religiosa? El error de la etiqueta

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El caso de Anna Bensi ha abierto un debate que va más allá de su proceso judicial. La joven cubana fue acusada junto a su madre después de grabar y publicar la actuación de un funcionario que acudió a su vivienda para entregarles una citación. Según elTOQUE, ambas fueron declaradas culpables y sancionadas a dos años de limitación de libertad.

La publicación de La Joven Cuba también cuestiona el proceso, pero presenta el episodio bajo un título contundente: «El fundamentalismo religioso gana con un juicio arbitrario». La pregunta es si esa etiqueta describe realmente a Anna Bensi y a los jóvenes que la acompañan o si termina funcionando como una forma de descalificación política.

Qué significa realmente fundamentalismo religioso

El fundamentalismo religioso no significa simplemente tener fe, defender valores tradicionales, asistir a una iglesia o hablar públicamente de Dios. Tampoco equivale automáticamente a ser conservador ni a oponerse a determinadas políticas sociales.

En los estudios sobre religión, el fundamentalismo suele referirse a una actitud caracterizada por la certeza absoluta, la interpretación rígida de los textos sagrados, el rechazo de interpretaciones alternativas y, con frecuencia, la convicción de que la propia visión debe imponerse sobre la sociedad.

Una investigación publicada por la revista académica Palabra y Razón explica que el fundamentalismo es un fenómeno moderno, surgido como respuesta a transformaciones culturales, teológicas y políticas. No se trata simplemente de «creer mucho», sino de construir una relación rígida y excluyente con la verdad religiosa.

Por tanto, para llamar fundamentalista a una persona no basta con conocer su religión o algunas de sus opiniones políticas. Es necesario demostrar cómo interpreta su fe, qué lugar concede a otras creencias y si intenta imponer sus convicciones como única verdad legítima.

El origen cristiano del término

La palabra «fundamentalismo» surgió en el protestantismo estadounidense de comienzos del siglo XX. En ese contexto, ciertos grupos reaccionaron contra el liberalismo teológico, la crítica histórica de la Biblia y algunas ideas científicas modernas.

Aquellos movimientos defendían los llamados «fundamentos» de la fe cristiana y sostenían posiciones como la inerrancia bíblica, la interpretación literal de determinados pasajes y el rechazo de doctrinas consideradas incompatibles con una lectura estricta de las Escrituras.

Con el tiempo, el término pasó a utilizarse para describir fenómenos de otras religiones e incluso corrientes políticas no religiosas. Esa ampliación puede ser útil, pero también ha hecho que la palabra se use de manera imprecisa. En el lenguaje cotidiano, «fundamentalista» muchas veces funciona como sinónimo de fanático, intolerante o atrasado, aunque esas palabras no sean equivalentes.

No todo cristiano conservador es fundamentalista

Una persona puede ser cristiana practicante y, al mismo tiempo, aceptar la democracia, la libertad religiosa, el pluralismo y el derecho de los demás a vivir de acuerdo con convicciones diferentes.

También puede oponerse al aborto, rechazar el matrimonio entre personas del mismo sexo o defender una visión tradicional de la familia sin que esas opiniones demuestren por sí solas que es fundamentalista. Podemos discrepar de esas posiciones, pero la discrepancia no sustituye al análisis.

Otros casos ayudan a distinguir el concepto

La historia ofrece ejemplos que ayudan a distinguir entre una persona religiosa, un activista cristiano y un fundamentalista. Billy Graham fue un evangelista conservador, pero los historiadores lo diferencian del fundamentalismo estricto por su disposición a cooperar con cristianos de otras tradiciones. De hecho, algunos fundamentalistas llegaron a considerarlo demasiado abierto o «liberal».

Martin Luther King Jr. fue pastor y líder del movimiento por los derechos civiles. Su pensamiento estuvo marcado por el evangelio social, la teología liberal, el pacifismo y la lucha contra la pobreza y el racismo. Su caso demuestra que una intensa identidad cristiana no equivale a una interpretación fundamentalista de la fe.

En el extremo contrario, figuras como Jerry Falwell construyeron organizaciones políticas explícitamente basadas en una agenda religiosa sobre asuntos como el aborto, la familia y la educación. Luis Fernando Camacho, en Bolivia, también ha sido descrito por distintos análisis como un dirigente cuya actividad política mezcló religión, nacionalismo y poder. Estos casos permiten discutir el fundamentalismo político con argumentos concretos, no solo por la identidad religiosa de sus protagonistas.

La diferencia no está en cuánto habla una persona de Dios, sino en su relación con la interpretación bíblica, el pluralismo y el poder político. Comparar a Anna Bensi con dirigentes que encabezaron organizaciones políticas religiosas sería, por tanto, metodológicamente incorrecto.

Anna Bensi y la confusión entre religión y activismo digital

En su publicación, La Joven Cuba vincula a Anna Bensi y a varias personas que la apoyan con un supuesto proyecto de «fundamentalismo religioso». Sin embargo, esa caracterización mezcla realidades diferentes.

Anna Bensi, David Espinosa, Iván Daniel Calás, los jóvenes de Fuera de la Caja y los integrantes de el4tico son, ante todo, creadores de contenido y activistas que utilizan las redes sociales para hablar de la realidad cubana, expresar sus convicciones y cuestionar al poder. Algunos son cristianos y algunos sostienen posiciones conservadoras en determinados asuntos, pero eso no demuestra que formen parte de un proyecto fundamentalista.

Las informaciones publicadas sobre ellos los presentan como jóvenes vinculados al activismo digital y a la defensa de la libertad de expresión. Esa descripción no debe sustituirse por una categoría religiosa que no ha sido demostrada. Ser cristiano, publicar videos críticos o defender un cambio político en Cuba no convierte automáticamente a nadie en fundamentalista.

El artículo de La Joven Cuba menciona el rechazo de ciertos grupos al matrimonio igualitario, al aborto y al reconocimiento de las personas trans. Es legítimo debatir esas posiciones y criticar sus consecuencias sociales. Lo que no resulta riguroso es convertir automáticamente esas opiniones en prueba de fundamentalismo religioso.

Una cosa es afirmar que alguien mantiene posiciones cristianas conservadoras. Otra, muy distinta, es demostrar que defiende una interpretación literal y excluyente de las Escrituras, que considera ilegítimas las demás creencias o que pretende imponer una moral religiosa única al conjunto de la sociedad.

La asociación indirecta que produce la etiqueta

En este caso, la etiqueta parece surgir de una asociación indirecta: Anna Bensi y otros jóvenes son cristianos o se identifican públicamente con la fe cristiana; algunos expresan posiciones conservadoras; esas posiciones son presentadas como parte de un supuesto proyecto fundamentalista; y, a partir de ahí, la calificación se extiende a Anna y a quienes la acompañan.

Ese razonamiento confunde religión, activismo digital, conservadurismo y fundamentalismo. No basta con pertenecer a un entorno cristiano ni con compartir una causa política para demostrar que una persona es fundamentalista religiosa.

Defender sus derechos no obliga a compartir sus ideas

Defender que Anna Bensi no debió ser procesada de esa manera no obliga a apoyar sus opiniones religiosas o políticas. Se puede rechazar el fundamentalismo, discrepar del conservadurismo cristiano y, al mismo tiempo, considerar injusto que una ciudadana sea criminalizada por documentar la actuación de un funcionario público.

Los derechos no dependen de que la persona afectada piense como nosotros. La libertad de expresión no protege únicamente los discursos populares, progresistas o políticamente convenientes. También protege las opiniones que incomodan.

Una injusticia no deja de ser injusticia porque la víctima tenga ideas conservadoras. Del mismo modo, una crítica política no se vuelve más rigurosa por añadirle una etiqueta religiosa.

Una crítica justa necesita precisión

La mejor crítica a Anna Bensi, si se considera necesario hacerla, debería dirigirse a sus declaraciones concretas, sus propuestas y sus alianzas políticas. Si una organización defiende terapias de conversión, discrimina a las personas LGBT o pretende imponer una moral religiosa al Estado, esas posiciones pueden ser denunciadas por su nombre.

No hace falta recurrir a una etiqueta amplia y cargada de prejuicios. Si se quiere cuestionar la influencia política de determinados grupos cristianos en Cuba, el debate debe centrarse en sus programas, discursos y acciones públicas.

Anna Bensi puede ser una cristiana conservadora, una activista opositora, una creadora de contenido o una joven que expresa sus convicciones políticas. Pero ninguna de esas descripciones demuestra por sí sola que sea fundamentalista religiosa.

La precisión importa porque las palabras también pueden convertirse en instrumentos de exclusión. Y cuando una persona enfrenta al poder del Estado, añadirle una etiqueta que no ha sido demostrada puede servir para restarle legitimidad antes de discutir los hechos.

La libertad de una persona no debería depender de que pensemos bien de ella, de que aprobemos su religión o de que coincidamos con su proyecto político.

Fuentes consultadas

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