El silencio de Granma: cuando el oro se queda en Canadá y la noticia en el tintero

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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- El pasado 16 de julio, el diario Granma publicó una nota en la que adelantaba con tono triunfalista que la delegación de 12 piragüistas cubanos «emprendería el viaje de regreso a la Isla» para continuar su preparación de cara a los Juegos Centroamericanos de Santo Domingo. La noticia, acompañada de los resultados parciales del Campeonato Panamericano de Canotaje en Montreal, buscaba proyectar la imagen de una delegación victoriosa que regresa a casa para seguir entrenando bajo la disciplina del régimen. Pero esa narrativa, como tantas otras, se ha roto en el silencio.

Porque la prensa oficialista sabe, y lo sabía desde el primer momento, que al menos nueve de esos deportistas no subieron al avión. Decidieron quedarse en Canadá. Huyeron de la isla, del sistema que los formó y los explotó, de la falta de futuro, del cansancio acumulado de décadas de promesas vacías. Y sin embargo, Granma no ha publicado una sola línea sobre el tema. Ni una palabra. Ni una explicación. Ni una disculpa por haber engañado a sus lectores con aquel «regreso triunfal» que nunca ocurrió. Es el protocolo de siempre: cuando la realidad desmiente el discurso, el discurso se borra. Como si los deportistas nunca hubieran existido.

La libertad antes que el triunfo en el deporte

No es un caso aislado, ni mucho menos. La deserción de estos piragüistas se inscribe en una larga y dolorosa tradición del deporte cubano: la de los que se quedan fuera. Desde que René Arocha, un joven lanzador de béisbol, saltó del avión en Miami en 1991 y abrió la puerta a una diáspora imparable, el régimen ha visto cómo sus mejores talentos escogen la libertad antes que el oro. Peloteros como José Abreu, Yoenis Céspedes, Aroldis Chapman, y decenas de campeones olímpicos y mundiales han dejado atrás el país que los formó para buscar un futuro donde el esfuerzo tenga recompensa. El régimen los llama traidores. La historia los llamará supervivientes.

Pero lo que duele no es la deserción en sí, sino la mentira. El silencio cómplice de una prensa que se niega a informar, que prefiere ocultar la verdad antes que admitir que su modelo deportivo, como su modelo político, es un fracaso. No hay dinero, no hay recursos, no hay incentivos reales. Solo hay una bandera que se agita en los desfiles y un discurso vacío sobre el «amor a la patria» que no llena el estómago ni paga los sueños. Y los deportistas, como cualquier ser humano, buscan dignidad. Y cuando no la encuentran en casa, la buscan afuera.

Mientras Granma se queda en silencio y la televisión cubana repite los mismos partes de victoria, el mundo sigue girando y los atletas siguen escapando. La pregunta no es por qué se van, sino por qué se quedan los que aún resisten. Pero el régimen no quiere hacerse esa pregunta, porque la respuesta es incómoda. Y para un sistema que vive de la imagen, el silencio es menos peligroso que la verdad. Pero el silencio, como las medallas, también pesa. Y aquí, en esta isla de apagones y deserciones, pesa mucho más.

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