Besar soldados por patriotismo: la campaña más rara de la Segunda Guerra Mundial

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- En plena Segunda Guerra Mundial, con el mundo ardiendo y los soldados a punto de cruzar el Atlántico para no volver, una actriz de 18 años tuvo una idea que hoy nos parecería de otro planeta. Se llamaba Marilyn Hare. Era joven, bonita, y en 1942 visitó un campamento del Ejército estadounidense en California con un objetivo tan descabellado como sincero: besar a 10.000 soldados antes de que los mandaran al frente. O sea, nada de discursos ni de bandas de música. Ella iba a levantar la moral a base de labiales y buena voluntad. Y vaya si lo intentó.

Llegó cantando, sonriendo, con el pelo al viento y la energía de una animadora olímpica. Recorrió filas, barracas, cocinas de campaña, puestos de guardia. Besó a unos, abrazó a otros, les dijo palabras bonitas a los que temblaban en silencio. Al final del primer día, el contador marcaba 733 besos. No llegó a los 10.000, pero la intención era lo que contaba. Para los soldados, agotados de entrenar y con la cabeza llena de metralla imaginaria, aquella visita fue como un día de permiso en mitad del infierno.

La prensa, cómo no, se volvió loca. La foto de Marilyn sonriendo mientras plantaba un beso en la mejilla de un soldado con casco y cara de no creérselo, era la imagen perfecta para la propaganda patriótica. Porque en la guerra, también hay que vender esperanza. Y ella, sin fusil ni uniforme, vendía ilusión a granel. Que si los chicos se iban a jugar la vida, al menos que se llevaran el recuerdo de una chica guapa que les dedicó un minuto de ternura. Eso, en 1942, era arma de doble filo. O de doble labio, según se mire.

El mundo a veces se salva con detalles

Hoy, visto con perspectiva, la historia de Marilyn Hare tiene un puntito de inocencia que nos da hasta vergüenza ajena. Porque también era propaganda, puro montaje, una operación de imagen del Ejército para suavizar el horror.

Pero no seamos tan cínicos. En medio del ruido de las metralletas y las cartas de despedida, una chica de 18 años se plantó delante de miles de hombres asustados y les dijo: «Oye, que la vida sigue». Y eso, aunque suene naíf, también es importante. Porque la guerra no se gana solo con balas. A veces se gana con besos. O al menos, se hace más llevadera.

Marilyn Hare no cambió el curso de la guerra, ni ganó batallas, ni pasó a los libros de texto. Pero por un día, en medio del miedo y la incertidumbre, convirtió un campamento militar en un escenario de Broadway. Y los soldados, esos pobres diablos que cruzaban el océano para no volver, se rieron, se sonrojaron y, por unas horas, dejaron de pensar en la muerte.

Eso es más de lo que muchos generales consiguieron con sus estrategias. Y ojalá hubiera más Marilyns en las guerras de ahora, aunque fuera para dar un beso y decir «vuelve pronto». Que el mundo, a veces, se salva con detalles. Y con labios pintados, también.

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