El hombre que no sabía quiénes eran Los Beatles

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Paul Cole no tenía ni puta idea de quiénes eran aquellos cuatro desharrapados de pelo largo que cruzaban la calle como si el mundo fuera suyo. Y lo que es peor: le importaba menos que un carajo. Estaba en Londres, sí, pero no por la música ni por la historia ni por ningún monumento inglés. Estaba porque su mujer se empeñó en ver museos y él, harto de tanto arte muerto, prefirió quedarse afuera a fumarse un cigarro y hablar con un poli. Como cualquier turista con dos dedos de frente, vamos.

Era la mañana del 8 de agosto de 1969 y en Abbey Road no pasaba absolutamente nada. Hasta que un fotógrafo subido a una escalera empezó a disparar su cámara como si fueran a fusilar a alguien. Cole miró de reojo: cuatro tipos en fila india cruzando el paso de cebra, uno de ellos descalzo, como si aquello fuera una manifestación hippie o un ensayo general del fin del mundo. Le pareció ridículo, patético, una estupidez propia de ingleses. Y se olvidó. Así, sin más. Como quien aparta una mosca.

El hombre que no sabía quiénes eran Los Beatles

Un año después, el disco Abbey Road llegó a las tiendas y el mundo se volvió loco. La familia de Paul compró el álbum —porque hasta los muertos compraban discos de Los Beatles— y cuando él vio la portada, se quedó de piedra. Allí, al fondo, junto al coche de policía, estaba él: Paul Cole, el turista americano que aquella mañana no sabía que estaba siendo testigo de la historia. Con sus gafas, su abrigo y su cara de desprecio. El mismo que había mirado a McCartney y compañía como si fueran cuatro mendigos.

Nadie en su casa le creyó, claro. Ni su mujer, ni sus hijos, ni el perro. Tuvo que rebuscar en el armario, sacar las gafas y el abrigo que llevaba ese día, y ponérselos delante de la portada para demostrar que no estaba loco. Y no lo estaba. Era él. Por pura casualidad, por aburrimiento, por haberse quedado a hablar con un poli, se había convertido en el hombre invisible de la portada más famosa de la música. Sin cantar, sin tocar, sin ganar un duro. Solo por estar ahí, mirando para otro lado.

Paul Cole murió en 2008 a los 96 años. Nunca compró el disco. Nunca le interesó. Pero su imagen, su silueta distraída y su absoluto desinterés quedaron congelados para siempre en una de las imágenes más icónicas del siglo XX. Porque así es la vida: a veces la gloria te encuentra aunque no la busques. Y a veces, también, te encuentra aunque la estés ignorando mientras te fumas un cigarro a la puerta de un museo.

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