
Platea, el día que Grecia le dijo basta a Persia con lanzas y sin postureo
Por Rafa Junco ()
Madrid.- Hubo un momento en la historia, concretamente en el año 479 antes de Cristo, en que el Imperio Persa decidió que Grecia era suya. Pero se encontró con un problema llamado espartanos, atenienses y corintios. Esos que hasta entonces se pasaban el día peleándose entre sí, de repente se dieron cuenta de que si no se unían, se iban a comer los garbanzos en la misma sopa persa. Así que aparcaron las diferencias, juntaron el mayor ejército de la historia griega y se plantaron en las llanuras de Platea. Y ojo, que no iban a hacer turismo.
Los persas los mandó el general Mardonio, que era un tipo con cojones pero poca cabeza. Vio que los griegos se retiraban y pensó «pues están acojonados, ahora los aplasto». Error. Lo que Mardonio no sabía es que los espartanos no se retiran por miedo, sino por estrategia. Los dirigía Pausanias, un tío que no necesitaba discursos motivacionales porque ya llevaba la disciplina tatuada en los huesos.
Aquellos soldados con escudos, lanzas y musculaturas de bronce no eran humanos, eran un muro andante. Y cuando los persas cargaron, se estamparon.
La unidad es una necesidad
La carnicería fue de las que pasan a los libros. La infantería persa, que había arrasado medio mundo, no pudo ni rozar a los hoplitas. Y Mardonio, el muy valiente, cayó en el campo de batalla. Cuando el jefe muere, el ejército se desmorona. Y los pocos persas que quedaron salieron huyendo como si les persiguiera el demonio. Platea no fue una batalla, fue un ajuste de cuentas. Grecia demostró que la libertad, cuando se pelea de verdad, pesa más que millones de flechas y túnicas de seda.
¿Y qué pasó después? Pues que Persia se fue a su casa con el rabo entre las piernas y no volvieron a molestar en Europa. Y Grecia, especialmente Atenas, entró en su siglo de oro. El mismo siglo que nos dejó el Partenón, Sófocles, Sócrates y toda esa gente que todavía hoy nos parece inteligente. Pero ojo, que el mérito no fue solo de los atenienses. Fue de la unidad. Porque cuando los rivales se unen contra un enemigo común, resulta que son invencibles. Y eso, queridos, es una lección que nunca pasa de moda.
Así que ya sabe. Cuando vea a dos tontos discutiendo por tonterías mientras el enemigo llama a la puerta, recuérdeles Platea. Dígales que los espartanos y los atenienses, que se odiaban a muerte, fueron capaces de ponerse de acuerdo para que un barbudo con túnica no les dijera cómo vivir.
La unidad no es un cuento de hadas, es una necesidad. Y si no, que se lo pregunten a Mardonio. Si es que los restos de su cadáver hablaran. Seguro que dirían: «Menudo error».






