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Por Yoelbis Albelo ()

Matanzas.- La imagen es desoladora. Una calle de Matanzas, en la esquina de Mújica y Embarcadero, se ha convertido en un vertedero a cielo abierto. Montañas de desechos, bolsas rotas, restos de comida y objetos inservibles se acumulan hasta invadir la calzada, dificultando el tránsito de vehículos y peatones. No es una escena aislada ni un problema de los últimos meses. Es la postal cotidiana de una ciudad que el gobierno ha abandonado a su suerte, donde los servicios comunales brillan por su ausencia.

La basura no se acumula de la noche a la mañana. Lleva meses, tal vez años, creciendo en las esquinas, en las aceras, en los solares vacíos. Los vecinos denuncian una y otra vez que los camiones de recogida no pasan, que los trabajadores municipales no aparecen, que las autoridades miran hacia otro lado. Mientras tanto, los desechos se pudren bajo el sol, criando ratas, moscas y enfermedades que amenazan a quienes viven en la zona.

No es un problema nuevo. No es consecuencia de las sanciones de Trump ni del bloqueo. Esta desidia viene de mucho antes, de décadas de abandono, de una gestión que nunca priorizó la limpieza ni el bienestar de sus ciudadanos. La basura en las calles de Matanzas es el reflejo de un sistema que ha convertido la escasez en política de Estado y la dejadez en norma. No hay excusa que valga.

Quienes se atreven a mostrar estas imágenes son criticados, tachados de «pintar derrumbes y basureros». Pero la realidad está ahí, frente a los ojos de todos. Calles rotas, basura acumulada, un olor nauseabundo que impregna el aire. Los matanceros viven entre la mugre, obligados a convivir con el abandono mientras los funcionarios se llenan la boca con discursos vacíos.

¿Hasta cuándo tendrán que esperar los matanceros para que las autoridades solucionen problemas tan básicos como la limpieza y el mantenimiento de las calles? No se necesita un gran presupuesto ni tecnología de punta para recoger la basura. Solo hace falta voluntad, decencia y un mínimo de respeto por quienes habitan esta ciudad. Mientras tanto, la foto sigue ahí, como un testimonio mudo de una ciudad que se descompone ante la indiferencia del poder.

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