Neandertales: ni brutos, ni frioleros, ni tontos… solo con mala suerte (y nosotros, unos cabrones

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Durante décadas, la ciencia nos vendió la moto de que los neandertales eran unos brutos congelados, peludos y medio tontos, viviendo en cuevas y practicando el incesto porque no tenían otra cosa que hacer. Unos parias de la evolución, los pringados de la Prehistoria. Pues resulta que nos han colado un timo de libro gordo. Genetistas, con la catalana Alba Bossoms Mesa al frente, han rascado en el ADN antiguo y han desmontado el chiringuito de prejuicios que llevábamos décadas alimentando. Y la conclusión es tan fascinante como, reconozcámoslo, un poco calentita.

¿Lo más jugoso? Que a los neandertales les gustaban las sapiens muchísimo más que a nosotros las neandertales. O sea, que el flujo de genes fue asimétrico: ellos ponían el entusiasmo, y las sapiens, pues bueno, a lo mejor se dejaban querer. No sabemos si era por su encanto rústico, por novedad o por pura química prehistórica, pero el dato está ahí. Los cruces existieron —claro que sí, que llevamos su ADN en las venas—, pero la iniciativa amorosa, amigos, la llevaban ellos. La prehistoria también tiene su parte picante, qué le vamos a hacer.

La caída del mito

Además, el equipo de Bossoms ha derribado dos mitos de una patada. Primero: no eran unos amantes del frío. Que vivieran en la edad de hielo no significa que les gustara, sino que se apañaban como podían, como nosotros con el invierno en casa sin calefacción. Segundo: no se extinguieron por culpa de aparearse entre primos hasta la saciedad. Nada de endogamia degenerativa. Su diversidad genética era compleja y sus clanes no eran un concurso de family first. Vamos, que los neandertales no eran ni frioleros ni incestuosos. Se nos cae el mito como un castillo de naipes.

Entonces, si no se murieron de frío ni de tanto follar entre parientes, ¿qué coño les pasó? Pues aquí viene lo gordo: los sapiens, es decir, nosotros, tuvimos mucha culpa. Pero ojo, no fue a garrotazos ni con guerras tribales al estilo Hollywood. Fue peor: por pura competencia, por acaparar recursos, y, paradójicamente, por esos mismos encuentros sexuales. Nos los follamos socialmente y genéticamente. Los absorbimos, los desplazamos y, sin querer, los convertimos en un recuerdo en nuestro ADN. Qué bonito y qué cruel.

Al final, la historia de los neandertales no es la de unos salvajes condenados al fracaso, sino la de una especie fascinante que nos miró con demasiados buenos ojos mientras nosotros, sibilinos y acaparadores, ocupábamos su mundo hasta dejarlos sin sitio. Y ahora, cada vez que miramos nuestros genes, llevamos un trocito de ellos. Un homenaje póstumo, sí, pero también un recordatorio de que, en esto de la evolución, la suerte y el timing lo son todo. Y nosotros, que fuimos los cabrones que sobrevivimos, encima los llamábamos brutos. Qué vergüenza, tío.

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