
Pete Hegseth vuelve a poner la acción armada contra Cuba sobre la mesa
Por Anette Espinosa ()
La Habana.- El secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, ha vuelto a sacudir el tablero geopolítico del Caribe con una declaración que parece sacada de otro siglo, pero que resuena con la crudeza de quien sabe que las palabras, en política internacional, no son inocentes.
Durante una visita a Panamá, Hegseth afirmó que «todas las opciones están sobre la mesa, incluidas las militares», en referencia a la posibilidad de una intervención armada en Cuba. No fue un desliz, no fue una frase al aire: fue un mensaje cifrado que la dictadura castrista debería tomarse tan en serio como el hambre que ya está matando a su pueblo.
Las declaraciones de Hegseth no son un capricho. Se inscriben en una escalada de presión que la administración Trump ha ido tejiendo con paciencia de estratega y mano de cirujano. Desde su visita a la base de Guantánamo en junio, donde advirtió a Cuba sobre la adquisición de armamento que pudiera amenazar la instalación estadounidense, hasta las palabras del propio Donald Trump insinuando una operación similar a las ejecutadas contra otros gobiernos de la región, la maquinaria de la amenaza ya está en marcha.
La pregunta no es si la opción militar existe, sino si Washington está dispuesto a usarla, y los cubanos, los que realmente sufren la dictadura, no pueden permitirse el lujo de ignorarla.
Mientras, Cuba mira a otro lado
Pero mientras Hegseth habla de «opciones militares», los cubanos de a pie tienen otras urgencias. No les preocupa tanto una invasión como el hecho de que llevan 48 horas sin electricidad, que el agua no llega desde hace una semana, que los medicamentos son un lujo y que la comida ya no alcanza ni para una comida diaria.
La dictadura de Díaz-Canel, que se llena la boca con la palabra «soberanía», ha demostrado ser incapaz de garantizar la soberanía alimentaria, energética o sanitaria de su propio pueblo. La amenaza de Hegseth es un eco lejano; el hambre, el apagón y la desesperación son una realidad cotidiana.
¿Y qué hace el régimen mientras el pueblo se muere? Organiza encuentros internacionales, gasta millones en eventos propagandísticos y defiende a los corruptos de la familia Castro, como el famoso «Cangrejo», mientras los cubanos se preguntan de dónde sale el dinero para iluminar los palacios donde se hospedan los delegados de la solidaridad. La hipocresía del castrismo es tan monumental que ni la amenaza de una intervención militar logra despertarlos de su letargo. Porque ellos no temen a Hegseth; temen al pueblo, que ya no cree, que ya no espera y que ha perdido hasta el miedo.
El tiempo de los Castro se acaba
Pero Hegseth ha puesto el dedo en la llaga. Al mencionar la opción militar, está recordando a los Castro que el tiempo se acaba, que el mundo ya no tolera dictaduras que disfrazan su miseria con discursos vacíos. Y aunque la intervención militar no sea la solución ideal, la historia demuestra que, a veces, la acción armada ha sido el único lenguaje que las tiranías entienden. Los cubanos, que llevan décadas esperando que el castrismo caiga por su propio peso, saben que no será así. La dictadura solo se va cuando algo o alguien la obliga a irse.
La pregunta que queda flotando en el aire, mientras Hegseth se despide de Panamá y los cubanos se despiden de la esperanza, es: ¿qué será primero, la caída del régimen por la presión internacional o el colapso total de un país que ya no tiene nada que perder?
Los Castro, atrincherados en su poder, parecen no entender que el verdadero enemigo no está en el Pentágono, sino en las colas de la comida, en los hospitales sin medicinas, en las casas sin luz. Y que si Hegseth finalmente decide poner la acción militar sobre la mesa, quizás esté haciendo lo que el pueblo cubano ya no puede hacer por sí mismo: ponerle fin a este calvario.






