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Hablar de libertad en Cuba en 2026 no debería ser un debate ni una pregunta incómoda.
Y sin embargo, lo es.
“Tener libertad o no tener libertad, he ahí la cuestión.”
Pero en Cuba no es una reflexión filosófica. Es una realidad que se vive, se sufre… y muchas veces se calla.
Aquí no se trata de elegir, sino de entender por qué algo tan básico sigue siendo negado.
Hay quienes lo preguntan, lo dudan o lo defienden.
Pero cuando un país necesita justificar constantemente su libertad… algo no encaja.
La libertad no se explica, se vive. No se impone, se respeta. Y no se defiende con golpes.
Ahí empieza el problema.
El 15 de julio de 2021 escribí esto, estando dentro de Cuba:
El absurdo de la libertad en Cuba
¡Viva Cuba Libre!
En estos días he visto un grupo de personas golpeando y ofendiendo a otro grupo de personas que pedían libertad para Cuba.
Cuando alguien grita “¡Viva Cuba Libre!” y es ofendido o golpeado por otra persona por lo que acaba de gritar hay solo dos posibilidades a considerar:
Lo primero sería que Cuba es libre. En tal caso, ¿por qué alguien agrede a la persona que grita esto? Él está gritando algo que es una verdad. Puede pensar el que agrede que el otro no cree en la libertad de Cuba. Y si así fuere, porque no se suma al grito de ¡Viva Cuba Libre! y le muestra dónde está la libertad de Cuba. ¿Piensas que grita algo equivocado o que está equivocado el que lo grita? Si crees que Cuba es ya libre hace 62 años, “el primer territorio libre de América” ¿por qué golpeas a los que son libres?
El segundo de los casos es que Cuba no sea libre. En tal caso el que pide libertad para Cuba está haciendo un reclamo justo. ¿por qué lo agredes? la razón es que no puedes explicarle la libertad de Cuba con palabras porque no las hay y no te queda otra que ofender o golpear. ¿Sabes que Cuba no es libre y quieres que siga así? o ¿O crees que Cuba no merece un futuro mejor, es decir la libertad?
Me siento verdaderamente “confundido”:¿por qué golpear al que grita “¡Viva Cuba Libre!”?.
Ese texto no era una opinión elaborada. Era una reacción directa a lo que estaba pasando.
Una pregunta sencilla… que incomoda.
Días antes, de estas mis palabras, el discurso oficial ya había marcado el terreno.
Según la intervención del presidente Díaz-Canel, quienes salieron a las calles el 11 de julio podían clasificarse en tres grupos:
Ahí estaba todo.
No había ciudadanos ni reclamo legítimo. Solo etiquetas.
En ese momento entendí algo claro.
No soy delincuente. No soy antisocial. No soy agente de nada.
Entonces, según esa lógica, era uno de los “confundidos”.
Y sí, lo dije:
Me siento verdaderamente “confundido”.
Pero no era duda ni ignorancia.
Era claridad.
Porque cuando alguien pide libertad en Cuba y la respuesta es un golpe o una detención, no hay narrativa que lo sostenga.

Aquí la libertad deja de ser un concepto y se convierte en una línea roja.
No es solo lo que se dice, sino lo que ocurre cuando se dice:
Y lo más grave: se normaliza.
Se normaliza la persecución por pensar diferente, que protestar sea peligroso y el silencio como norma.
Hablar de libertad en Cuba no es una percepción, es observar hechos que se repiten.
No es un caso aislado. Es un patrón.
Y cuando estos elementos se repiten, dejan de ser excepciones y definen una realidad.
Esto no es un debate ideológico.
Es algo que he vivido.
Mi hijo es perseguido político y religioso en Cuba: Iván Daniel Calás.
Cuando la libertad se vuelve necesaria para proteger a tu familia, desaparece cualquier duda.
Ya no es política. Es dignidad.
¿Por qué en 2026 aún se cuestiona si Cuba necesita libertad?
Quizás por cómo se ha contado la realidad durante años. Quizás porque no todos han visto lo que ocurre.
Pero hay algo evidente:
Si un país necesita explicar por qué no se debe pedir libertad, es porque no la tiene.
La libertad no es un lujo ni una concesión del poder.
Es un derecho.
Y cuando se niega o se persigue, no estamos ante una sociedad libre, sino ante un sistema que teme a su propio pueblo.
“Tener libertad o no tener libertad, he ahí la cuestión.”
Pero en Cuba, la pregunta es otra:
¿Por qué todavía hay que pedirla?
¿Y por qué quien la pide sigue siendo señalado?
Si alguna vez te has hecho esta pregunta, no la ignores.
Reflexiona. Contrasta. Escucha.
Y si este texto te hizo pensar… compártelo.
Porque hay realidades que cambian cuando dejan de callarse.