
Morir en el infierno
Por Oscar Durán
La Habana.- Hay imágenes que no necesitan explicación, porque hablan solas. Esta, tomada por la periodista independiente Camila Acosta en el Cementerio de Colón, en La Habana, es una de ellas. Un cuarto abarrotado de restos humanos, huesos apilados sin orden ni respeto, como si la muerte, en Cuba, también hubiese perdido toda dignidad. No es una escena aislada ni un accidente: es el retrato crudo de un país donde incluso los muertos parecen estar abandonados a su suerte.
Uno mira esa montaña de huesos y no puede evitar hacerse la pregunta incómoda: ¿quiénes fueron esas personas? Porque ahí no hay cifras ni estadísticas, hay vidas. Hay historias. Muchos de esos restos, probablemente, pertenecieron a hombres y mujeres que creyeron en un proyecto, militantes del Partido y de la Juventud, que defendieron una Revolución con uñas y dientes, que repitieron consignas y marcharon convencidos de que estaban construyendo algo mejor. Hoy, terminan así: tirados, mezclados, olvidados.
Lo más duro no es solo la imagen en sí, sino lo que simboliza. En cualquier país con un mínimo de respeto institucional, un cementerio es un espacio sagrado, un lugar donde la memoria se preserva. Aquí no. Aquí parece un vertedero. Un sitio donde los restos humanos se amontonan como si fueran escombros. Y entonces uno entiende que el problema no es el Cementerio de Colón; el problema es mucho más profundo: es la manera en que se ha degradado todo.
Durante décadas se habló de dignidad, de valores, de respeto al ser humano. Se construyó un discurso donde el individuo era el centro de todo. Pero la realidad, tozuda como siempre, termina imponiéndose. Cuando ni siquiera los muertos reciben un trato digno, ¿qué queda para los vivos? Esa montaña de huesos es, en el fondo, una metáfora perfecta de un sistema que prometió mucho y terminó dejando ruinas, incluso donde debería haber memoria.
Al final, la imagen duele porque desmonta cualquier relato oficial. No hay propaganda que pueda maquillar eso. No hay discurso que lo justifique. Es la evidencia de un abandono total, de una desidia que ya no distingue entre vivos y muertos. Y sí, es válido preguntarse de nuevo si muchos de los que hoy yacen ahí, en ese amontonamiento grotesco, no fueron los mismos que un día defendieron aquello que ahora ni siquiera es capaz de garantizarles un descanso digno.



